Dale… sigue.

Continúa.
Sigue intentando callar
esa voz que te susurra —no, que te escupe—
que fracasaste.
Que no supiste conservar
lo mejor que te pasó en la vida.
Pásalo a blanco y negro, si quieres,
edítalo, súbele el contraste,
bájale la culpa…
pero sabes perfectamente
que lo único que le daba color a tu mundo
lo dejaste ir
para volver voluntariamente
a los fríos miserables
de tus propias sombras.
Sigue… dale.
Ponte más maquillaje
sobre esos ojos marchitos
que ya no brillan,
no como cuando me miraban
como si yo fuera
un hogar
y no un error.
Sigue tomándote fotos “perfectas”,
instagramiables,
rodeada de presencias tamaño XS,
tan pequeñas, tan ligeras,
tan incapaces
de llenar el hueco exacto
que dejé yo…
porque, querida,
yo no era una historia breve.
Yo era tamaño familiar.
El paquete completo.
Yo te daba amor,
pasión,
devoción,
paciencia,
compañía…
yo te daba incluso
ese calor absurdo
que ni tus cobijas acolchadas
logran inventarse en la madrugada.
Pero eso no lo subes, ¿verdad?
No subes las nochesen las que te quitas la máscara,
cuando los reflectores se apagan,
cuando las risas se archivan
y el silencio se sienta frente a ti
como un juez que ya leyó la sentencia.
Ahí…
ahí donde no hay filtros,
ni cuerpos prestados,
ni aplausos baratos,
llega ella.
La voz.
La única honesta
que te queda.
Y te repite,
sin estética,
sin piedad,
sin opción de bloquearla:
que eres cobarde,
que rompiste algo
que no se iba a repetir,
que cambiaste un universo entero
por versiones recicladas
de lo que nunca fui.
Porque lo sabes.
Sabes que lo que tenías conmigo
no era común,
no era fácil,
no era reemplazable.
Era un maldito milagro
con tu nombre escrito encima.
Un arcoíris completo,
intacto,
vivo…
y fuiste tú
quien decidió
romperlo
solo para comprobar
que ningún gris
iba a parecerse jamás
a todo lo que perdiste conmigo. 🖤