Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

martes, 24 de febrero de 2026

✧ EL PECADO FUE MI BOCA ✧

 Leí en un libro

más viejo que la misma existencia
—más antiguo que el polvo que cubre los altares—
que el poder de la vida y la muerte
está en la boca.

Y yo, tan inocente,
tan estúpidamente eterna,
usé la mía para prometerte inmortalidad.

¿Cómo se deshacen las palabras
cuando fueron dichas con el corazón abierto
como una herida recién nacida?

¿Cómo se borra un
“tú y yo somos para siempre”
cuando no fue frase,
sino pacto,
sino sangre invisible firmando el aire?

Yo no te amé.
Yo me juré a ti.

Y los juramentos no se rompen,
se convierten en fantasmas.

Dime,
¿Cómo arranco de mi alma
lo que yo misma tatué con fe?
¿Con qué cuchillo se corta
una promesa hecha en estado puro?

Porque el problema no fuiste tú.
Fui yo creyendo
que el “para siempre”
era una palabra domesticable.

Ahora cargo mi propia maldición:
amarte como quien se autoimpone
una condena perpetua.

¿Ves qué ironía?
El poder estaba en mi boca
y la usé para enterrarme viva.

¿Cómo dejo de extrañarte para siempre?
¿Se reza en reversa?
¿Se desdice el amor como si fuera error gramatical?
¿Se escupe el juramento al viento
y se espera que el cielo lo anule?

Mi nena…
yo no sé desamar.
Yo solo sé incendiar.

Y lo que se incendia con palabras sagradas
no se apaga con silencio.

Tal vez no se trata de romper el “para siempre”.
Tal vez se trata de sobrevivirlo.

Tal vez el verdadero milagro
no es dejar de extrañarte,
sino aprender
a no morirme
cada vez que recuerdo
que fui yo
quien pronunció la eternidad
.  

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