Leí en un libro
más viejo que la misma existencia
—más antiguo que el polvo que cubre los altares—
que el poder de la vida y la muerte
está en la boca.
Y yo, tan inocente,
tan estúpidamente eterna,
usé la mía para prometerte inmortalidad.
cuando fueron dichas con el corazón abierto
como una herida recién nacida?
¿Cómo se borra un
“tú y yo somos para siempre”
cuando no fue frase,
sino pacto,
sino sangre invisible firmando el aire?
Yo no te amé.
Yo me juré a ti.
Y los juramentos no se rompen,
se convierten en fantasmas.
Dime,
¿Cómo arranco de mi alma
lo que yo misma tatué con fe?
¿Con qué cuchillo se corta
una promesa hecha en estado puro?
Porque el problema no fuiste tú.
Fui yo creyendo
que el “para siempre”
era una palabra domesticable.
Ahora cargo mi propia maldición:
amarte como quien se autoimpone
una condena perpetua.
¿Ves qué ironía?
El poder estaba en mi boca
y la usé para enterrarme viva.
¿Cómo dejo de extrañarte para siempre?
¿Se reza en reversa?
¿Se desdice el amor como si fuera error gramatical?
¿Se escupe el juramento al viento
y se espera que el cielo lo anule?
Mi nena…
yo no sé desamar.
Yo solo sé incendiar.
Y lo que se incendia con palabras sagradas
no se apaga con silencio.
Tal vez no se trata de romper el “para siempre”.
Tal vez se trata de sobrevivirlo.
Tal vez el verdadero milagro
no es dejar de extrañarte,
sino aprender
a no morirme
cada vez que recuerdo
que fui yo
quien pronunció la eternidad.

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