Como si repetirlo fuera a deshacerlo.
¿Cómo pasó?
¿Cómo nos pasó a nosotras?
Durante meses me he latigado en silencio.
No con culpa suave,
sino con esa culpa que arde entre mujeres
cuando una sabe
que pudo haber amado mejor.
¿Acaso me equivoqué contigo?
¿Negocié a la mujer que me hacía sentir eterna
por migajas de orgullo?
¿Arrojé —por miedo, por avaricia emocional, por estupidez—
a la única que me miraba
como si yo fuera casa?
¿en qué momento confundí independencia
con soltarte la mano?
Tú no eras costumbre.
Eras milagro.
Eras la forma exacta
en que mi caos encontraba descanso.
Y ahora me reviso como expediente abierto:
mis palabras duras,
mis silencios castigo,
mi necesidad absurda de tener razón
cuando lo único que importaba
era tenerte.
¿Te cambié por nada?
¿Te dejé ir creyendo
que lo nuestro era tan fuerte
que sobreviviría a mi torpeza?
Qué arrogante fui, amor.
Pensé que tu amor
era inagotable.
Que tu paciencia
era eterna.
Que tu corazón
siempre volvería a buscarme.
Y ahora me pregunto más de cuarenta veces
si negocié lo sagrado.
Si dejé ir a la mujer
que me hacía sentir invencible
por discusiones pequeñas
que hoy ni recuerdo.
¿Cómo pasó?
¿Cómo se enfría algo
que nos incendiaba la piel?
Tal vez no fue el destino.
Tal vez fui yo
teniendo miedo de merecerte.
Porque amar a una mujer como tú
exige valentía.
Y yo a veces fui cobarde.
Lo peor no es no tener respuesta.
Lo peor
es sospechar
que sí la tengo.
Y aún así, mi niña,
te extraño.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario