¿Conozco a Dios? Es una pregunta que ha resonado en lo más profundo de mi ser durante mucho tiempo.
Soy aquella niña que aprendió a leer con la Biblia entre las manos. Me crié en un hogar donde mis padres no eran particularmente devotos, pero vivían con ese temor reverente que se cuela en cada gesto: "Dios bendiga esta comida", "Dios proveerá", "Dios está pendiente". Dios en todo. Y, de algún modo, siempre ha estado plantado en mí como una semilla invisible que susurra en mi interior: "Sin Ti no funcionará". Así se lo he dicho tantas veces. Sin Ti, no funcionará.
En mi camino, me perdí. Me alejé de Dios. Cometí errores, muchas veces a sabiendas. Y en ese extravío, la conocí a ella. Comenzó una relación que contradecía todo lo que me habían enseñado, todo lo que se suponía que debía agradarle a Dios. Pero —y digo esto con plena sinceridad, sin recurrir a dogmas ni religiosidad— fue a través de esa relación que Dios me llamó. Me mostró el campo de batalla del amor.
Me vi frente a frente con una pregunta que me desarmó: ¿Alguna vez has amado de verdad? ¿Ha existido algo que te haya sacudido lo suficiente como para renunciar a todo con tal de conservarlo? ¿Has deseado algo tan profundamente como para mirar al cielo, sacudir la fe dormida y clamar: “¿Estás ahí, Dios? ¿Me escuchas? Ayúdame”?
Fue en medio de lo que muchos consideran inmoral, y otros llaman sano, que llegué al punto de rendirme. Le dije a Dios: “Enséñame a amar como tú amas. Enséñame a ver con tus ojos. No permitas que mi corazón se endurezca con odio, rencor o avaricia. Más bien, lléname de amor para poder a
mar verdaderamente”.
Con los pedazos de mi corazón —mi vida fragmentada hasta los niveles más pequeños del alma— emprendí esta lucha silenciosa por encontrar el amor que todo lo trasciende: el amor puro, sincero.
No soy santa. No soy perfecta. En muchos aspectos, reconozco oscuridades en mí. Pero he conocido una parte de Dios que desearía que todos pudieran conocer. He sentido su abrazo, su mano limpiando mis lágrimas. Me ha encendido una pasión por su palabra que no puedo explicar con razones humanas. En Él he encontrado un amigo, un hermano, un padre. Un Dios severo, sí, pero justo.
A Él puedo contarle mis deseos, mis pasiones, mis miedos. Cada mañana me siento con una taza de café entre las manos y le hablo: "Aquí estoy. Esto me molesta, esto me alegra, esto no sé cómo manejarlo". Y aunque no puedo verlo ni tocarlo, lo siento. Ha dejado de ser esa figura lejana que simplemente existe, para convertirse en algo tan real, tan vivo, tan presente en mi vida.
Y he aprendido la lección más valiosa de todas: que no hay nada —nada— que suceda en tu vida que Dios no pueda usar para bien.
No soy una experta en teología ni en su palabra, ni siquiera estoy segura de haber escuchado su voz claramente alguna vez. Pero en este instante de mi vida, soy una hija que anhela, con todo su corazón, conocer a su Padre.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario