Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

lunes, 14 de abril de 2025

Cartas a una alma ausente (pero emocionalmente decorativa)


 Oh, Dios…

Siempre he tenido cierta facilidad para bordar mis emociones con palabras, como si fuera un coelho en pleno ataque emocional o un walter riso con dolor de cabeza. Las frases solían fluir de mí como vino en una boda larga... pero hoy, incluso mi elocuencia, esa vieja amiga fiel, se ha atragantado con este nudo de dolor que me tiene más revuelta que corsé mal puesto.

Mi amada, mi alma errante con GPS dañado, verte así —flotando entre el desgano y el existencialismo pasivo— me arranca más suspiros que una tragedia griega con presupuesto de serie turca. Yo, tan voluntariosa como una institutriz victoriana con vocación de mártir, deseaba ser tu refugio, tu bálsamo, tu spa emocional. Pero aquí estoy, atrapada en la honesta y horrible revelación de que ni siquiera puedo remendar mi propio corazón sin que se me deshilen las costuras internas.

Día tras día le oro a Dios con la intensidad de una viuda prematura y la elegancia de una tía solterona en pleno siglo XIX. Le pido fuerza, paciencia y, por qué no, un poco de anestesia emocional. Cada suspiro es una daga, cada silencio tuyo es más elocuente que un monólogo de Hamlet, y cada vez que no dices nada, en realidad lo dices todo: que siempre he sido yo quien ha luchado, suplicado, y básicamente hecho acrobacias sentimentales para que esta historia no se caiga como pastel mal horneado.

Jamás, ni una sola vez, has sido tú la que ha dicho con determinación y mirada de protagonista: “Aquí estoy, rota pero con voluntad de guerrera de Jane Eyre." No, querida. Has sido más bien una aparición intermitente, como personaje secundario que aún no decide si quiere quedarse en la novela o pedir spin-off.

Y lo más desgarrador, pero también digno de una buena copa de vino y un aplauso lento: empiezo a sospechar que tu presencia no está motivada por amor sino por la molesta y persistente presión de mi insistencia. Que no estás aquí por fuego interno, sino por cortesía emocional mal entendida. Y tus lágrimas… ay, tus lágrimas llevan más culpa que sentimiento, más remordimiento que esperanza.

Te lo he preguntado: ¿hay alguien más en tu alma? ¿Hay otra historia en la que ya te hayas inscrito mientras yo seguía escribiendo capítulos a dos manos? Y tú… tú has respondido con elocuente silencio, ese arte tan tuyo que ya debería tener su propio club de fans.

No quiero seguir bailando en esta pista de incertidumbre con zapatos que me quedan apretados. No soy una marioneta colgando de hilos rotos ni la eterna suplente del amor verdadero. Así que te pido —te imploro, casi con dramatismo de novela rusa— que te plantes ante esta encrucijada como una heroína decidida, no como figurante de fondo en el drama de mi vida. Si has de quedarte, que sea por amor valiente, por fe en nosotras, y no por esa obligación tibia que ni calienta ni abriga.

Pero si en lo profundo sabes que ya no hay guerra que pelear, si lo que te ata es sólo el eco de lo que fuimos y no lo que aún podríamos ser... entonces, por el amor al buen sentido común (y a la dignidad de esta protagonista dolida), suéltame.

No me condenes al limbo de las medias verdades, que para eso ya están los noticieros. Si este es el epílogo, que sea uno digno. Pero si aún queda historia, si aún arde aunque sea una chispa, te juro que lucharemos como dos heroínas en un campo de batalla con pañuelos de encaje y Biblias en la mano.

Mañana te esperaré. Con el corazón en la garganta, los ojos en el cielo, y el alma entre el sarcasmo y la fe. Anhelando, por fin, una verdad sin maquillaje, sin rodeos, sin frases que suenan bonito pero no significan nada. La verdad cruda. La verdad valiente. La única que aún puede salvarnos.

1 comentario:

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...