Te lo dije una vez: no puedes tener ambas cosas —mi amor y tu libertad. Y sin embargo, allí estuve, quieta, esperándote con la esperanza terca de quien aún cree en los imposibles. Pensé que algún día verías en mí la verdad desnuda del amor, que correrías hacia mí, con los brazos abiertos, con el alma en carne viva.
Pero en lugar de eso, cada paso que di hacia ti fue recibido con muros más altos, con silencios más densos. Y mientras yo construía puentes, tú edificabas fortalezas.
Mi corazón aún late con la memoria de aquellos momentos en que creí, con fe ciega, que podríamos ser uno solo, que compartiríamos un amor honesto, sin máscaras ni medias verdades. Pero lo único que ahora me queda es la amarga claridad de que debo protegerme —no del mundo, sino de ti.
Porque has aprendido bien el arte de herir sin tocar, de romper sin ruido.
Ha llegado el momento de recoger lo que queda de mí, de tomar con manos temblorosas los fragmentos dispersos de mi corazón, y levantar murallas, no de rencor, sino de amor propio.
No será una tarea sencilla, pero es un acto de supervivencia. Debo aprender a amarme como nunca me amaste tú, a valorarme como merecía desde el principio, a defenderme incluso de la nostalgia.
Así que te dejo ir, mi amada. No sin dolor —cómo podría—, no sin un susurro de tristeza, pero sí con la firme resolución de continuar. De hallar la dicha que no encontré contigo, de redescubrir la paz en mis propios brazos.
Adiós, mi amada. Que la vida te sea leve, y que Dios te bendiga por siempre… incluso si no vuelves.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario