Hoy, con los fragmentos dispersos de lo que una vez fue una mujer plena, decido renunciar a ti. La vida se compone de deseos, pasiones y anhelos inquebrantables, pero tú, mi niña, eras el aliento mismo de mi existencia. Por ti luché con uñas y dientes, y habría pagado cualquier precio por conservarte, aun si ese precio fuera el más punzante de los dolores.
Y, sin embargo, cada vez que tu imagen regresa a mi mente, solo encuentro sombras de mentiras. Intento recordar el día, la hora, el momento exacto en que aprendiste a mirarme a los ojos y engañarme con tanta frialdad, sabiendo que la verdad, cuando llegara a mí, me desgarraría. El demonio se burla de mí mostrándome visiones de sus manos sobre ti, del sonido de tu entrega, de todo lo que hacías mientras yo, de rodillas, clamaba a Dios para que restaurara lo que las malas decisiones habían quebrado. Pero al final, yo habría dado todo porque te quedaras.
No soy una mujer perfecta. Sé que te herí, y pediré perdón por ello hasta el fin de mis días, tanto a Dios como a la memoria de lo que fuimos. Jamás debí alzar la mano contra una de sus más bellas hijas, y si alguna vez es posible, ruego que me perdones. Si he cometido otras faltas, imploro que las olvides. Porque para mí, cada instante a tu lado—como amigas, como amantes—fue un regalo sublime, y aún conociendo el final de esta historia, los reviviría sin dudarlo, aunque al final mi corazón se detuviera, literalmente.
Sigo creyendo que vale la pena luchar por lo que se ama. Pero, ¿Qué sucede cuando la otra parte no lucha? ¿Qué ocurre si en mí no había nada de valor por lo que quisieras pagar el precio de conservarme? ¿Es la lucha la prueba del coraje o es la huida la verdadera valentía? ¿Es resignación aceptar que la vida, o Dios, o el destino, te arrebatan lo que amas sin ofrecerte una batalla justa? ¿O acaso el amor que nos prometimos no era más que palabras vanas, listas para desvanecerse al primer soplo del viento?
Hoy miro hacia adelante y ruego al Eterno que me enseñe a borrar tu sombra de cada página de mi futuro, pues estabas en cada uno de mis planes, incluso en los más insignificantes. Escribo desde el dolor, con preguntas que jamás tendrán respuesta.
Dime, ¿Cómo pudiste mirarme a los ojos y sonreír mientras yo te cantaba bajo la lluvia? ¿Cómo pudiste besarme con labios profanados por el engaño? ¿Cómo fuiste capaz de ver mis batallas diarias y aceptar mis abrazos cuando, en realidad, ya tenías otros brazos consolándote, como mujer? ¿Cómo pudiste observarme entregar mi corazón en tus manos y hacerme creer que lo rechazabas por mi bien, cuando en realidad era la culpa y la mentira lo que te impedía recibirlo?
Hoy renuncio a ti. Te prometo que no te llamaré ni te escribiré, aunque tenga que cruzar las llamas del infierno para cumplirlo. Esperé días, semanas, que volvieras y me dijeras: "Sé que erré, tú también, pero aun con las heridas abiertas, seguiré peleando por ti". Pero la verdad amarga se reveló con crudeza: solo yo luchaba. Siempre era yo quien te buscaba, quien doblaba el orgullo, quien bajaba la cabeza, porque tu miedo o tu ego siempre fueron más grandes que el amor que decías sentir.
Juro por mi vida que siempre estarás en mis oraciones. Y le pediré a Dios que cada promesa que te hice pueda cumplirse, porque, a pesar de todo, sigues siendo un alma maravillosa, una joya preciosa en las manos del Creador. Mereces ser feliz, y si ese hombre te brinda dicha, no puedo más que desear que así sea. Que te dedique todas las canciones de Morat que tanto te gustan, porque yo—la pueblerina que era demasiado poco para ti—solo supe regalarte versos como: "Te amaré hasta que mueran los cielos, más allá de los cielos".
En esta historia, Fiona prefirió al príncipe encantador en lugar del ogro verde y torpe, aquel que no tenía más que un corazón lleno de amor para ofrecerte.
Si algún día deseas llamarme o necesitas ayuda, no dudes en hacerlo. Las puertas de mi vida siempre estarán abiertas para ti. Y aunque hoy me despida, en mis oraciones seguirás siendo un nombre sagrado. Ruego a Dios que nuestros caminos vuelvan a cruzarse algún día, cuando seamos más sabias, cuando hayamos sanado. Será un placer para mí rogar al Todopoderoso que te bendiga, porque ese ha sido siempre mi único anhelo: ser de bendición para aquellos que amo. Y tú, mi niña, eres una de ellas.
Te lloré un océano. Sobreviví a la muerte misma gracias al amor eterno de Dios. No puedo decir que estoy bien, y quizás tarde mucho en estarlo. Lamento no haber sido suficiente para que pelearas por mí, pero lo comprendo. Después de todo, nadie pelea por lo que considera desechable.
Que Dios conceda cada deseo de tu corazón. Que la vida te sonría siempre.
Te amé con cada átomo de mi ser.
Y recuerda, siempre que haya luna llena, es porque Dios trabaja hasta tarde, pues aún tiene la luz encendida.
Dios te ama.

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