Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

lunes, 14 de abril de 2025

El monstruo soy yo.


 Durante años, tracé líneas en mi diario como si fueran cicatrices, intentando pintar un retrato donde yo era la víctima. Pero la verdad, cruda y sin disfraz, es que negué mis sentimientos. Me aferré con terquedad a ideas necias, pensando que, si los escondía lo suficiente, desaparecerían.
Negué el estremecimiento que sentía al mirarte a los ojos, el calor que se extendía por mi pecho cuando me envolvías en tus abrazos. Callé que desde mucho antes de confesártelo, ya vivía esperando tus visitas, tu risa en mi sala, tu cuerpo entre mis sábanas. Desde hacía tanto, eras mucho más que una amiga. Te convertiste, sin que me diera cuenta, en el centro de mi universo.
Y sin embargo, hui.

Creí que debía hacerlo. Negué todo y, en el proceso, te herí. Dije palabras erróneas, tomé decisiones que quebraron tu espíritu, te dejé en tormentas que no te correspondían. Y tú… tú lo soportaste en silencio, como solo lo hacen los corazones nobles.

Ahora, con una torpeza que me resulta insoportable, comprendo la magnitud de mis errores. Y desde el abismo de ese entendimiento, nace un arrepentimiento tan profundo que me consume. Años y años desgastándote, empujándote al borde, sin ver el daño que causaba.

Cuando al fin mis fuerzas me abandonaron y el suelo se abrió bajo mis pies, solo entonces miré al cielo. Fue ahí, en el quebranto más absoluto, que comprendí que solo Dios podía sanar lo que yo había destruido. Solo Él podía sostenerme cuando ya ni tú ni yo podíamos hacerlo.

Pero para entonces, tú ya te habías marchado.
Cuando quise abrazar por fin la verdad de mis sentimientos, tú estabas recogiendo los pedazos del alma que yo había despedazado. Afrontaste el dolor a tu manera —y quién soy yo para juzgarte. Cada cual sobrevive como puede.

Yo me rendí ante Dios como una niña rota, suplicando por misericordia, mientras tú apartabas la mirada. Y sí, me dolió. Me duele aún. Pero debo aceptar esta cosecha amarga, porque yo misma sembré las semillas. Sembré distancia, y hoy recojo vacío. Sembré indiferencia, y ahora enfrento el eco de mi propio silencio.

Aun así, creo. Creo con una fe terca y luminosa que el amor sigue siendo la fuerza que sostiene al mundo. Y aunque llegue tarde, aunque mis palabras ahora parezcan cenizas, lo que siento por ti no se ha extinguido. De la mano del Altísimo, seguiré luchando —no para recuperar, sino para restaurar. Para convertirme, con cada paso humilde, en la bendición que una vez soñé ser para ti.

Le ruego a Dios que me llene de un amor limpio, sin mancha. Que su misericordia lave las heridas que dejé en tu alma, que arranque las espinas de mis palabras y arrulle tu corazón en su paz. Que donde hubo destrucción, brote sanación. Y donde hubo orgullo, nazca ternura.

Te herí. Te lastimé. Y sin embargo, sigo viéndote como el alma más leal, la mujer más amorosa, la madre más fuerte, la amante más devota, la amiga más noble que haya conocido. No hay otra como tú.

Y si el tiempo y la gracia lo permiten, ojalá algún día puedas ver que, aun entre ruinas, hay flores que siguen creciendo. 












No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...