Está de moda repetir frases como “suelta, deja ir, lo mejor vendrá”. Pero sospecho que esas palabras nacieron de labios que llevan los sentimientos en los bolsillos, no en el corazón.
A mí, confieso, no se me da bien dejar ir. No porque no comprenda la necesidad de soltar, sino porque cada persona que ha pasado por mi vida ha ocupado un rincón esencial en mí, ha llenado un espacio que no sabía que estaba vacío hasta que alguien lo habitó.
Siempre he imaginado mi corazón como un gran armario con múltiples cajones. En cada uno guardo algo distinto: la amistad, la compañía, la camaradería, la complicidad. Cuando alguien ocupa más de uno de esos espacios, incluso si tan solo habita uno, para mí se convierte en un tesoro sin igual, la joya de mi corona. Los atesoro, los valoro, y me esfuerzo por ponerme en sus zapatos.
Si me han herido, pienso que alguna razón tendrán. Si no dan lo que yo ofrezco, me repito que quizás simplemente son distintos. Según mi psicóloga, eso no está del todo bien. Según yo, es simplemente humano. Ser humano implica fallar, caer, decepcionar, herir… no necesariamente por maldad, sino porque también nosotros estamos en construcción.
Sé que hay personas que no son buenas para uno, aunque puedan serlo para otros. Y justo ahí, en esa delgada línea, me pierdo. ¿Fueron malas para mí? ¿Eligieron serlo? ¿O simplemente no saben ser de otra forma?
Yo tampoco soy oro puro. No soy del agrado de todos. Tengo una personalidad intensa, hablo mucho, reacciono rápido. A veces, me encierro en una soledad escogida, y disfruto mi compañía como si fuese la de un viejo amigo. Me deleita el aroma del café, el perfume de los libros antiguos. Puedo perderme entre líneas durante horas.
Y sin embargo, cuando elijo estar para alguien, lo hago por completo. Si quieres hablar durante horas, ahí estaré. Toda mi atención será tuya. Porque aunque parezca contradictorio, en medio de esta ruptura dolorosa, a mis treinta y dos años, reconozco que aún hay partes de mí que no conozco. Voces internas que claman ser escuchadas, rincones ocultos que me sorprenden con su intensidad. Me descubro preguntándome: ¿de dónde ha salido esta mujer? No la reconozco.Y entonces comprendo algo con una certeza casi sagrada: para construirte, debes primero quebrarte. Solo al rompernos comenzamos a comprender qué significa realmente cuidarnos, valorarnos, amarnos.
Si quieres ofrecer amor, compañía, lealtad, paz… primero tienes que sembrarlo en ti. Pero nadie nos enseña a hacerlo.
"Coloca límites", dicen. Como si fuera tan sencillo. ¿Límites? ¿Cómo ponerlos cuando te han enseñado que amar es dar sin medida? ¿Alguien se sienta alguna vez contigo a enseñarte cómo se ama? A mí no. Me enseñaron que quien más da, más ama. Me enseñaron a ofrecer, a complacer, a no decir que no. Pero nunca me dijeron que también debía cuidarme. Nunca me explicaron que amar también implica saber retirarse a tiempo.
¿Dónde se aprende eso? ¿En qué rincón escondido está el manual que nos enseña a amarnos a nosotras mismas?
Invítate a comer, dicen. Regálate tiempo. Inviértete en ti. Haz espacio para tu propio ser. No te desbordes por todos.
Pero esa no fue la crianza que recibí. Me enseñaron a ser exitosa, a ser admirada, a dar siempre un poco más. Porque “es mejor dar que recibir”. Y ahora, cuando me enfrento al reto de aprender a recibir y de marcar límites, me siento perdida. Como en un laberinto sin salida, como si estuviera renaciendo. Pero no soy una niña. Soy una adulta. Y como adulta tengo responsabilidades, deberes que no esperan. No puedo simplemente desaparecer para encontrarme. Esa no es una opción.
Entonces me pregunto: ¿a dónde voy? ¿A quién le pido ayuda? ¿Qué libro me salvará esta vez? ¿Cómo se ama? ¿Cómo se construye una vida que traiga cosas buenas?
“He leído tantos libros,” pienso. Incluso aquel que afirma que este dolor no es mío… pero este sí lo es. Lo siento en la piel, en los huesos, en el cabello. Me duele respirar. El sol ha dejado de brillar para mí. Y aunque quisiera culpar a otros por este abismo, sé que gran parte de mi dolor nace de no haber sabido comprender lo que estaba viviendo.
Ahora solo me queda una pregunta:
¿Cómo se vuelve a
nacer?


Solo te tengo una respuesta a esa última pregunta, ya volviste a nacer porque estás en los caminos de Dios la vida pasada que te trajo a su presencia ya está enterrada y ahora eres una nueva persona.
ResponderBorrarNo abandones tu fé