Me rebelo —sí, me rebelo— contra esa gastada doctrina que susurra con voz de renuncia: "Si amas algo, déjalo ir." ¿Qué falacia es esta, disfrazada de sabiduría? ¿Significa entonces que el amor sólo tiene valor cuando lo poseemos en nuestros términos? ¿Qué si no podemos cercarlo con nuestros miedos y condiciones, debemos despojarnos de él como quien se sacude el polvo del camino? No. Lo digo con toda la furia de un corazón que aún late con esperanza: el amor no es un rehén de las circunstancias, ni se pliega ante la voluntad del desapego.
Lo que deberíamos aprender a soltar no es el amor, sino la absurda condición que le colgamos como una cadena oxidada. Hemos convertido ese don divino en una transacción frágil, en una fórmula matemática donde damos solo si recibimos, donde amamos solo si somos amados de vuelta. Pero el amor —el verdadero, el que desafía el tiempo y sobrevive al quebranto— no exige garantías. No hace pactos mezquinos ni exige reciprocidad. Se da, simplemente se da.
¿No es esto acaso lo que nos muestra la Escritura? Que Dios nos ama no por lo que hacemos, sino a pesar de lo que somos. Nos ama sin lógica, sin pausa, sin condiciones. ¿Y qué haríamos si Él, el que sostiene los hilos del universo, aplicara sobre nosotros esa misma consigna de “déjalo ir”? ¿Acaso no quedaríamos sumidos en el más profundo abismo, olvidados, condenados a la miseria de no ser amados jamás?
No, yo no dejo ir el amor. No lo arrojo a la intemperie disfrazando de virtud lo que en realidad es miedo. En este mundo famélico de afecto verdadero, mi alma no busca el amor perfecto: busca un amor real, desgastado si hace falta, pero persistente. Un amor que no se rinde ante el dolor, que no retrocede ante el rechazo, que no se disfraza de indiferencia cuando tiembla de anhelo por dentro.
Y sí, puede que me lastime. Puede que el amor no correspondido me arranque trozos del alma como hojas arrancadas por el viento. Pero prefiero un corazón herido por amar de verdad que uno intacto por no haber amado nunca.
Aspiro a un amor que no discrimine por lengua, color o credo. Que no se detenga en los márgenes del juicio ni se acobarde ante el fracaso. Que diga “te amo” sin esperar eco, sin exigir tributo. Un amor que abrace incluso cuando le dan la espalda, que permanezca incluso cuando le dicen que se vaya.
Y por eso oro —no para ser amada más— sino para aprender a amar mejor. Para que Dios, en su infinita ternura, me preste un poco de Su corazón, y me enseñe a mirar con compasión, a perdonar sin cálculo, a entregarme sin temor. Que yo pueda amar como Él ama: total, terca, y eternamente.
Porque al final, creo que no hay mayor acto de rebeldía en un mundo que idolatra el desamor, que amar con todo el corazón.
Y eso —no la renuncia disfrazada de sabiduría— es lo que da sentido a esta vida.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario