Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

martes, 22 de abril de 2025

El Día en Que la Vida No Me Mató (Spoiler: Me Liberó)

 Durante mucho tiempo, mi corazón caminó con un anhelo tan feroz, tan íntimamente entretejido con mi ser, que confundí su intensidad con verdad. Buscaba el amor perfecto como quien busca el aire, creyendo que en algún rincón del mundo, entre las promesas de otros y los suspiros no correspondidos, se encontraba la plenitud que tanto me faltaba. Pero el amor, o al menos el que perseguía con tanto empeño, resultó no ser una cura, sino un espejo. Y en ese espejo, vi mis heridas abiertas, reflejadas con crudeza bajo una luz implacable.

La vida, en su silenciosa manera de enseñar, no fue amable conmigo. No me arrojó al abismo de inmediato; me llevó de la mano, lentamente, hasta el borde. Y fue allí, en ese umbral entre el deseo y la desesperación, donde me vi enfrentada a un vacío más profundo de lo que jamás había imaginado. La oscuridad no llegó como una tormenta súbita, sino como una niebla que se fue infiltrando en cada rincón de mi alma. Me sentía vacía, no porque careciera de amor humano, sino porque había olvidado cómo mirar hacia arriba.

Recuerdo noches tan largas que parecía que el tiempo mismo se hubiera detenido. Noches en las que mi cuerpo, frágil y tembloroso, se negaba a dormir, y mi mente giraba sin tregua en torno a pensamientos tan oscuros que hasta mi reflejo me temía. En más de una ocasión, rogué al cielo que mi existencia cesara, no por cobardía, sino por la agotadora sensación de estar nadando contra una marea imposible de vencer. Mi alma estaba desnutrida, marchita, quebrada. Y sin embargo, en el silencio absoluto, cuando ya no quedaba lágrima que verter ni palabra que decir, una suave presencia se insinuó en mi oscuridad.

No fue un rayo de luz. No fue una voz atronadora. Fue más bien una tibieza inesperada, como la de una vela encendida en una habitación cerrada. En ese instante, no busqué a Dios por fe ni por virtud, sino por pura necesidad. Lo busqué como una niña perdida busca la voz de su padre entre la multitud. Lo busqué no porque quisiera comprenderlo, sino porque, sin Él, el mundo se había vuelto insoportable.

Yo, que nunca había sido devota, comencé a hablarle en silencio. No oré como me enseñaron, sino como me brotaba: con palabras rotas, con pensamientos desordenados, con un corazón herido pero sincero. Le hablé con rabia, con miedo, con tristeza, y a veces con un silencio desesperado que gritaba más fuerte que cualquier oración.

Y en ese estado de total vulnerabilidad, comencé a notar pequeños milagros. No grandes cambios, no respuestas inmediatas. Solo instantes. Una canción que llegaba justo cuando la necesitaba. Una persona que me abrazaba sin saber que estaba al borde del colapso. Una flor que crecía en un rincón olvidado del camino. Cada uno, una caricia invisible. Cada uno, una respuesta. Fue entonces que comprendí lo que alguna vez dijo Einstein: “Las coincidencias son la forma en que Dios permanece anónimo.” Esa frase dejó de ser una cita inspiradora para convertirse en una descripción exacta de mi existencia. Porque en el proceso, las coincidencias se volvieron mi vida entera sostenida por las manos invisibles de Dios.

Con el paso del tiempo, la niebla no desapareció del todo, pero se volvió menos densa. Aprendí a caminar con ella, como quien camina bajo la lluvia sin dejar de mirar al cielo. Y entonces, comencé a ver colores de nuevo. No los colores intensos de la juventud idealista, sino matices suaves, profundos, verdaderos. La misericordia de Dios no se manifestó como una liberación repentina, sino como una paciencia que me sostenía incluso cuando yo misma me solté.

Ahora entiendo que la esperanza no es la ausencia del dolor, sino su hermana silenciosa. Que la fe no es certeza, sino decisión. Y que el amor que buscaba afuera solo pudo nacer cuando permití que el amor divino sanara lo más profundo de mí.

Aún tengo días en que la oscuridad me visita, pero ya no le temo igual. Sé que no estoy sola. Sé que tengo un Padre que no se aleja cuando tiemblo, sino que se acerca, aun si no lo veo. Estoy aprendiendo a confiar en su silencio tanto como en su palabra. A descansar no en la ausencia de sufrimiento, sino en la promesa de que el sufrimiento no es el final.

No he encontrado el amor perfecto que buscaba en otros. Pero he descubierto algo infinitamente más valioso: he empezado a encontrarme a mí misma bajo la mirada compasiva de un Dios que nunca dejó de buscarme, aun cuando yo dejé de buscarme a mí.

Y eso, para mí, ya no es solo esperanza. Es vida

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...