A través de la autopista,
al otro lado de la curva,
ya sabía que no había destino.
Solo más kilómetros
de cosas que no duelen
porque ya dejaron de importar.
Cada palabra que diga
será usada contra mí.
Cada intento de ternura
será forense.
No hay defensa
cuando la culpa ya duerme en tu cama
y ronca a tu lado.
Mi premio de consolación
es esta dosis barata de olvido.
Ni el alcohol me alcanza,
ni la rabia me quema del todo.
La elocuencia fue mi droga:
me hizo creer
que si hablaba bonito,
tú dejarías de destruirme.
Pero da igual cómo empiece,
siempre termina igual:
menos.
Menos amor,
menos cuerpo,
menos alma.
Una resta constante
donde yo pierdo
y tú te vas sin pagar.
Tragué tanto.
Tanto.
Y saboreé muy poco.
Promesas sin sabor,
mentiras sin lubricante,
y llaves que abrían puertas
a habitaciones sin mí.
Todos decían
“que te vaya bien”
como si no supieran
que hay mujeres
que no sabemos volver.
Buenos deseos
dirigidos por manos invisibles,
titiriteros que cortaron los hilos
cuando ya no era útil la función.
Ahora todo me arrastra
a ese lugar sin nombre,
donde lo único que crece
es el cansancio.
Empiece como empiece,
todo acaba
siendo menos
de lo que yo esperaba.
Nunca alcanza,
nunca basta,
y nunca jamás
se convence del todo
a nadie
de nada.
Y si tú,
ni con todo mi incendio,
te calentaste los pies,
¿Cómo carajos esperas que alguien más me abrace sin quemarse?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario