Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

sábado, 7 de junio de 2025

¿Y el ‘Yo estaré para ti siempre’?

 ¿Dónde quedó?

¿En qué gemido mal pronunciado murió esa promesa?
Tal vez se evaporó junto con el sudor de una madrugada sin sentido,
cuando lo que dijiste no venía del alma, sino de la entrepierna.
No te culpo.
No te enseñaron a amar sin que el cuerpo se convirtiera en templo y sacrificio,
sin que el deseo fuera confundido con permanencia,
sin que las dopaminas disfrazaran ternura con hambre de piel.

Pero... ¿y la razón?
¿Dónde está lo frío, lo sobrio, lo cuerdo?
¿En qué cajón abandonamos eso que nos decía:
“No jures lo que no vas a cumplir”?
Porque dejar ir no es solo soltar la mano,
es aceptar que nunca más podrás besar esa boca como si fuera tuya,
es entender que el cuerpo de quien amaste ya no te necesita,
que otros dedos, otras lenguas, otras mentiras
vendrán a habitar el espacio donde tú creías tener la eternidad comprada.

Sí, es cierto.
El tiempo hará lo suyo.
Pulirá los bordes filosos del recuerdo,
hará polvo las rutinas,
transformará el “buenos días” en eco sordo,
lo que hoy duele se convertirá en esa anécdota incómoda
que cuentas cuando estás borracho o sola.

Pero, dime...
¿y cuando grite auxilio?
¿Cuándo me hunda en la cama con el alma hecha trizas,
cuando no pueda ni sostenerme de pie y lo único que me sostenga sea la voz de quien dijo “por siempre”?
¿También ahí dejarás ir?
¿También ahí me soltarás porque ya no soy tuya?
¿Por qué ya no hay cuerpo que te pertenezca, ni espacio reservado en tu cama, ni tiempo en tu calendario?

Entonces, ¿era eso?
¿Qué si ya no puedo darte mi cuerpo, tampoco puedo quedarme con tus promesas?

Porque parece que el amor, al final, era un contrato de alquiler:
se vence, se desocupa, se entrega en silencio.
Y uno se va con las maletas llenas de cosas que no le caben en ningún otro lugar.
Con recuerdos que duelen más que cualquier cicatriz física.
Con una voz repitiéndose en la cabeza:
“Estaré para ti siempre”,
como un eco enfermo,
como una broma de mal gusto,
como una mentira dicha entre orgasmos y lágrimas.

¿Y sabes qué es lo peor?
Que quizás sí lo creíste cuando lo dijiste.
Quizás, por un segundo, lo sentiste.
Pero eso no basta.
Sentirlo no es lo mismo que sostenerlo.

Y aquí estoy yo, ahora,
escuchando cómo te excusas con frases prefabricadas:
“Ya no somos los mismos”,
“Necesito tiempo para mí”,

“Lo nuestro se volvió rutina”.

¡Claro que sí, amor!
Porque el amor verdadero no es cómodo,
es persistente.
No desaparece cuando el cuerpo cambia,
cuando el sexo ya no es nuevo,
cuando el deseo deja de ser violento.

Entonces dime, ¿Qué hacemos con todas esas frases?
¿Las tiro a la basura?
¿Las guardo en un frasco junto con mis heridas?
¿O simplemente las reciclo para la próxima idiota que se crea inmune a la fugacidad del afecto?

Tú decidiste irte.
Pero no me pidas que me quede callada.

Porque cuando prometes “estar para siempre”
y te vas cuando dejo de ser útil,
no es solo abandono.
Es traición con cara de libertad.
Es desamor disfrazado de crecimiento.

Si este es el tipo de amor que el mundo celebra,
entonces permíteme decirte algo, con la calma de quien ya no espera nada:

Ojalá alguien algún día te prometa el para siempre… y te deje justo cuando más lo necesites.
Solo así entenderás el precio de una promesa rota.
Solo así sabrás que el amor no es cuerpo, ni tiempo, ni espacio.
Es presencia… aun cuando ya no haya nada que dar.

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