Desde aquel día de noviembre,
muero y revivo día a día,
como si el alma insistiera en quedarse
donde el tiempo ya no gira.
He querido volver,
he buscado el eco de tus pasos
entre calles que ya no recuerdan
la sombra que fuimos los dos.
Pero el pasado —caprichoso y cruel—
siempre tiene el mismo final:
el abismo donde tu voz se apaga
el frío donde se rompen los “quizás”.
Y aunque mi pecho aún guarda retazos
de lo que soñamos sin medir,
la herida aprendió a cerrarse
cuando en ti dejé de confiar.
No hay regreso,
no hay redención escrita en tu piel.
Solo esta costumbre triste
de vivir muriendo... cada amanecer

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