se esconde un abismo hecho de lágrimas,
noches en vela, pensamientos a mil,
y un corazón susurrando: “detente, no puedo más.”
La melancolía, cómplice silenciosa,
me recuerda que este cansancio profundo
es el precio de fingir entereza,
de vestir un “estoy bien” mientras sangro por dentro.
La verdad es cruel —no grita, se arrastra—
es un llanto mudo en medio del ruido,
un corazón roto acurrucado en la sombra,
mientras el mundo gira, ciego a mi voz.
Detente, corazón, susurro con miedo,
no resistas más, me estoy quebrando.
Pero tú sigues… latiendo, sangrando,
como si en cada herida, aún quedara amor.
Un amor que duele, que grita, que llora,
pero no se extingue, no se rinde,
permanece escondido en las ruinas del pecho,
amando en silencio… aunque nadie lo vea.

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