Tu cuerpo se fue.
Pero no conmigo.
Se fue con tus gestos,
tus pausas,
tu manera de desvestirte como si me perdonaras.
Pero quedó algo.
Aquí.
En la piel que aún se estremece
al recordar tus dedos.
No te pienso.
Te deseo.
Como si el deseo no supiera
que ya no hay nadie del otro lado.
Mis manos tropiezan con la memoria:
tu espalda,
la curva de tu vientre,
la forma exacta en que tus muslos se abrían al mundo.
Duermo sola
pero no sin ti.
Tu sombra se mete en mis sueños
y me toca
como si aún tuviera derecho.
A veces despierto mojada
y no sé si es sudor
o culpa.
A veces te llamo con el cuerpo
pero no con la voz.
Y eso es peor.
Porque nadie escucha.

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