El amor empezó como un rosa suave,
casi piel, casi beso,
casi esa brisa que se cuela por la ventana cuando aún no sabes que va a llover.
Era leve, dulce, casi invisible,
hasta que se convirtió en un rojo intenso,
violento, denso, casi sangre.
Un rojo que no acariciaba,
quemaba.
Uno de esos colores que no se borran de las paredes,
ni de las sabanas,
ni del pecho.
El odio llegó después,
con su negro grueso,
puro alquitrán emocional.
No entró de golpe, no.
Se filtró como humedad.
Lento.
Silencioso.
Hasta cubrirlo todo.
Hasta apagar incluso el rojo.
Porque el odio no necesita volumen.
Solo necesita que dejes de amar.
La tristeza era azul,
pero no azul cielo,
sino ese azul profundo de las 3 a.m.
el de los mensajes no respondidos,
el de los “te extraño” nunca dichos,
el azul que sabe a sal y a almohada mojada.
Ese azul que no brilla.
El azul que pesa.
La resignación era gris pálido,
como la cara de alguien que ya no espera nada.
Como una pared sin cuadros.
Como la voz que dice “estoy bien” sin fuerza.
Un gris que no grita ni susurra.
Solo existe.
Como una sombra que ya no quiere asustar.
El miedo era un amarillo enfermizo,
casi bilis, casi fiebre.
El miedo tiene manos frías
y un aliento ácido.
Se sienta a tu lado en la cama
y te dice que no salgas,
que no hables,
que no intentes.
Y tú le crees.
Porque ese amarillo,
aunque feo,
te da una idea de control.
Y el control a veces se disfraza de seguridad.
La rabia era naranja volcánico,
mezcla de fuego con vómito,
como una explosión en medio de una cena familiar.
Una que nadie ve venir,
pero todos sienten.
Una que sale cuando ya no puedes más,
cuando todo lo callado se convierte en lava.
Cuando dejas de llorar
y por fin rompes algo.
Incluso si ese “algo” eres tú misma.
La ternura, cuando aún existía,
era un blanco sucio,
no puro, no perfecto.
Un blanco como el de una camisa manchada con café.
Imperfecta.
Real.
Como el abrazo torpe de alguien que no sabe abrazar
pero lo intenta igual.
Y ese intento
vale más que todas las palabras limpias del mundo.
La esperanza era verde limón,
pero de esos que arden en la boca.
Una promesa que duele cuando entra.
Una chispa que alumbra poquito,
pero que si la soplas con fe,
quema.
La decepción era un morado sucio,
tirando a cadáver.
El color de lo que alguna vez fue flor
y ahora es polvo.
El de los “yo nunca te haría eso”
convertidos en “fue sin querer”.
Un morado que se arrastra,
que se mete en los huesos,
que te susurra al oído:
"te lo advertí."
El perdón, si es que existió,
fue beige deslucido,
como una pared recién pintada sobre humedad vieja.
No tapa nada.
No cambia nada.
Solo maquilla.
La fuerza, la de verdad,
era un rojo oscuro con vetas doradas,
el color del corazón remendado con rabia,
el de los pasos dados con miedo pero sin pausa.
El de las cicatrices en el pecho,
el de las uñas rotas de tanto resistir.
Y yo… yo soy un cuadro incompleto.
Pintado con todos esos colores.
Manchado, corrido,
con trazos violentos y zonas vacías.
Pero mío.
Un caos cromático que nadie quiso colgar,
pero que yo me niego a borrar.

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