Un día me preguntaron qué era lo más loco que había hecho por amor.
Me quedé en silencio, pensando en todas las ridiculeces:enviar mensajes a las 3 a.m.,
rogar como si me pagaran por ello,
hacerme la fuerte mientras me partía en pedazos,
o incluso comerme una pizza familiar yo sola para “calmar el dolor”.
Pero no, nada de eso era lo más loco.
Lo más insano, lo más estúpidamente heroico fue… esperar.
Esperar como idiota, como si el tiempo fuera un camarero lento
que me traería, algún día,
la atención de alguien que ni siquiera me había pedido la mesa.
Esperar mientras la vida me daba patadas,
mientras las canciones cursis sonaban como burlas,
mientras las noches eran más largas que mis ganas de seguir creyendo.
Ahí estaba yo, con mi fe digna de un cuento de terror,
aguardando milagros,
como quien espera que un ex vuelva cambiado,
o que un político cumpla sus promesas.
Eso es lo más loco que he hecho por amor: esperar.
Porque el amor debería llegar con fecha de caducidad
y con un cartel de advertencia que diga:
“Si esperas demasiado, te pudres como la leche abierta al sol.”
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