Permítete.
Sí, tú.
Permítete perder lo que sea necesario,
menos a ti.
Que se vayan los amigos de frases recicladas,
los que hablan bonito pero apestan por dentro,
los que solo están cuando brillas
pero nunca cuando sangras.
Que se vayan los trabajos que te exprimen el alma,
las oficinas donde tus ideas se mueren de frío,
los jefes que confunden obediencia con valor.
Permítete soltar lugares, casas, rutinas,
incluso ese dinero que te acaricia la ansiedad
pero te roba la paz.
Pero no te pierdas a ti.
Ni por un segundo.
Ni por nadie.
Ni por nada.
Aférrate como fiera a eso que vibra en tu pecho,
a la convicción loca, necia, hermosa,
de que el amor sigue siendo la fuerza que mueve el mundo.
Aunque todos se rían.
Aunque parezca cursi.
Aunque duela.
Aférrate a esa canción vieja que te sacude las entrañas,
aunque ya no suene en ninguna radio,
aunque nadie más la entienda.
Báñate en esa melodía como si fuera oración.
Repítela hasta que te vuelva carne.
Ve esa película otra vez,
aunque te la sepas de memoria.
Llora en el mismo minuto.
Ríe donde nadie más lo haría.
Lee ese libro por décima vez
si es ahí donde tu alma se siente en casa.
Y por favor…
no postergues ese café contigo misma
por salir a fingir risas con cuerpos tibios y almas podridas.
No cambies tu paz por la aprobación
de quienes no tienen ni el coraje de mirarse al espejo.
Defiéndete.
Con uñas, con dientes,
con la voz temblando,
pero defiéndete.
Defiende tu carácter,
esa criatura salvaje y sagrada
que has construido con años de dolor,
con piedras, con heridas,
con victorias calladas.
No te limes las esquinas,
no escondas tus aristas,
no te dobles para entrar
en cajas de cartón
frías, huecas,
como muñecas de plástico
que sonríen por obligación.
Tú no viniste al mundo a encajar.
Viniste a ser.
A sentir.
A incendiar lo que no te abrace con verdad.
A elegirte,
una y otra vez,
aunque eso signifique estar sola a veces.
Permítete todo.
Menos perderte.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario