Sostuve mi corazón en mi mano,
justo frente a tu rostro,y lo ofrecí en sacrificio
por amor a ti.
No lo disimulé.
No lo envolví en papel de regalo.
No le puse moño ni lo pinté de ilusiones.
Era rojo, crudo, palpitante,
chorreando verdad,
aún tibio por dentro.
Te lo mostré con todo su temblor,
con todo su miedo,
con todas sus grietas.
Y tú,
tú solo lo miraste como si fuera poco.
Como si doler por ti no valiera nada.
Afuera, el mar era azul.
Pero no un azul cielo, no.
Era un azul profundo,
oscuro,
áspero,
como esos días donde el alma no flota.
Allí me lancé.
Dejé que las olas me arrastraran,
como si pudieran llevarse también el amor maldito
que me encadenó a ti.
Vi los tiburones.
Sí.
Se movían lentos, hermosos, brutales,
con la misma calma con la que tú destruyes.
Y me pregunté:
¿Quién es más bestia?
¿Ellos, con su hambre salvaje,
o tú,
con tu desprecio disfrazado de silencio?
El mar no me tragó.
Quizás porque sabía que ya iba vacía.
Quizás porque incluso él,
con toda su furia salada,
respetó la forma en que me rompiste.
Porque dime tú,
¿Quién camina sobre sus propios pedazos
y aún así ama?
¿Quién, con el corazón en la mano
sangrando frente a otro,
sigue creyendo que amar vale la pena?
Yo.
Yo lo hice.
Sostuve mi corazón en mi mano
justo frente a tu rostro
y lo ofrecí en sacrificio por amor a ti.
Y tú…
ni siquiera pestañeaste.
Lo dejé caer al mar.
Y el azul lo envolvió,
lo hundió,
lo escondió.
Ahora los tiburones lo guardan.
Ahora el océano lo canta.
Porque incluso el mar,
en su brutalidad infinita,
tuvo más compasión que tú.

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