Que el tiempo !!Ese barrendero arrogante!!
había hecho su trabajo,
que había limpiado las cenizas
de lo que antes fue incendio
y ahora apenas debía ser polvo sin nombre.
Pero el olor de tu perfume
tocó mi nariz
como si supiera el camino exacto
hasta mi sistema nervioso,
y mis ojos se empañaron
sin pedirme permiso,
como si todavía te debieran lágrimas.
Entré a ese lugar.
Ese donde las luces son cómplices
y las paredes guardan secretos ajenos.
Y entonces sonó esa canción.
Esa.
La que bailabas mientras cantabas en mi oído
“te compro a tu novia”
con esa risa tuya,
atrevida,
segura,
convencida de que el mundo era un escenario
y yo tu público favorito.
Me reí entonces.
Con orgullo.
Con posesión.
Con la arrogancia dulce
de la mujer que se sabe elegida.
Pero ahora…
ahora esa misma frase
se siente como ácido en la piel.
Como si cada palabra
se deslizara lenta
para recordarme
que nadie le pertenece a nadie.
Miré el cielo.
Y ahora a mis atardeceres
les falta algo.
Les falta la claridad de tus ojos,
esa forma tuya de mirar la luz
como si la domesticabas.
Creí que ya eras olvido.
Lo juré.
Lo celebré.
Lo escribí mil veces para convencerme.
Pero el olvido no huele a perfume.
No baila canciones prohibidas.
No se instala en los atardeceres.
Pensé que eras olvido…
pero sigues siendo
esa grieta que respira dentro de mí,
esa ausencia con pulso,
esa herida elegante
que aprendió a vestirse de normalidad.
Y lo peor
no es que no te haya olvidado.
Lo peor
es que por un segundo
creí que sí.

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