Si mi mente tuviera la decencia de respetarme
y mi corazón un poco de orgullo,
no dirigirían mis dedos —tercos, desobedientes—
a buscar tus actualizaciones
como quien abre una carta que sabe
que viene cargada de dinamita.
No obligarían a mis ojos,
con esa pasión morbosa que solo entiende otra mujer enamorada,
a detallar tu foto,
a recorrer tu cabello con la vista,
a detenerse en la luz que te besa la mejilla
como si la luz tuviera ahora el privilegio
que antes era mío.
Me preguntaría menos.
Pero me pregunto todo.
¿Quién te la habrá tomado?
¿Quién está capturando ahora
la más bella de tus sonrisas?
¿Quién será la dueña de tus tardes suaves,
de tus cafés largos,
de tu risa cuando te quitas los zapatos
y dejas de fingir que eres fuerte?
¿Quién te esperará ahora
y agradecerá al cielo
porque saques un minuto
de tu agitado tiempo
para regalarle ese gesto tuyo
que a mí me hacía sentir elegida?
Si existiera un poco de orgullo en mí,
no mediría la comisura de tus labios
como si todavía supiera exactamente
cómo se abren antes de besar.
No detallaría el hueco de tus mejillas
como si mis dedos no recordaran
el mapa preciso de tu rostro.
No traería a mi presente
el olor de tu cabello mojado,
ni la tibieza de tu espalda,
ni esa forma tuya de mirarme
como si yo fuera casa
y no tormenta.
Si hubiera fuerza en mí
no le haría esto a mi presente.
No lo arrastraría por tu nombre.
No llevaría a mi cuerpo
a tan tremendo dolor,
a esta disciplina absurda
de extrañarte con elegancia.
Pero aquí estoy,
amándote en silencio,
como solo una mujer puede amar a otra:
con orgullo destrozado,
con deseo intacto,
y con la dignidad
haciendo fila
para ver si algún día
le toca sanar.

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