Yo te amé.
Yo te extrañé.
Pero no.
Intenté conjugarte en futuro, ¿sabes?
Decirme a mí misma:
Qué ironía tan miserable…
mientras yo sigo aquí
que la gramática brutal del amor
todavía
no me permite escribir. 🖤
Yo te amé.
Yo te extrañé.
Pero no.
Intenté conjugarte en futuro, ¿sabes?
Decirme a mí misma:
Qué ironía tan miserable…
mientras yo sigo aquí
que la gramática brutal del amor
todavía
no me permite escribir. 🖤
¿Y cuándo?
Dime… ¿Cuándo carajos se acaba esto?
¿Cuándo seré libre¿En qué día del calendario
está marcado el momento
en que tu recuerdo
deja de caminar por esta casa
como si todavía tuviera llaves?
Porque yo tenía planes, ¿sabes?
Planes ridículamente hermosos
de esos que solo inventan
los idiotas que creen en el amor
como si fuera una promesa seria
y no esta broma cruel
que ahora me mira desde el espejo.
Yo soñé contigo.
Soñé mañanas torpes
con café frío y tus pies enredados en los míos,
soñé viajes sin mapa
donde lo único urgente
era descubrir si tu risa
sonaba igual en todas las ciudades.
Soñé envejecer contigo,
lo cual ahora que lo pienso
era una fantasía bastante ambiciosa
para dos mujeres
que no supieron ni sobrevivir
al primer invierno del alma.
Soñé una vida entera…
y ahora todo eso
vive en el mismo lugar
donde viven los barcos que nunca zarparon
y las promesas que se dijeron
cuando el amor todavía
no mostraba los dientes.
Y aquí estoy.
Esperando ese “pronto”
que algún día me prometí:
el pronto en el que todo esto dolería menos,
el pronto en el que tu nombre
dejaría de ser
una especie de oración torcida
que mi memoria repite
sin fe
y sin remedio.
¿Pero sabes qué es lo más absurdo?
Que ni siquiera sé
si quiero que llegue.
Porque cuando por fin sea libre
de toda esta mierda…
también seré libre de ti.
Y aunque suene miserable admitirlo,
una parte de mí todavía prefiere
seguir prisionera
de lo que soñé contigo
antes que aceptar
que todo lo que planeé
para nosotras
era solo un futuro hermoso
que nunca
iba a suceder. 🖤
Hasta la mejor bailarina del mundo
parecería una loca
para quien no escucha la música.
Y supongo que por eso
muchas veces me miraban así
cuando hablaba de nosotras.
Porque yo bailaba contigo
aunque el mundo jurara
que no había canción.
Yo sí la escuchaba.
La escuchaba en tu respiración
cuando la noche nos encontraba
con la piel ardiendo
y las promesas cayendo al suelo
como ropa inútil.
La escuchaba
en esos gritos tuyos
que no parecían dolor
sino celebración.
Gritos que hacían temblar las paredes
como si el universo entero
estuviera aprobando
lo que hacíamos en la oscuridad.
Y en esos tiempos
mis rodillas tenían otro significado.
Arrodillarme frente a ti
no era una oración.
Era un ritual.
Era hambre.
Era deseo.
Era el tipo de locura
que solo dos mujeres
que se aman demasiado
pueden entender.
Y Dios…
Dios debe haber estado mirando todo eso
con la misma paciencia
con la que un padre observa
a una hija jugar con fuego.
Sabiendo
exactamente
cómo va a terminar.
Pero el problema del amor
es que nadie nos enseña
a escuchar
cuando la música cambia.
Así que seguí bailando.
Seguí bailando
cuando tus labios empezaron a tocar otras bocas.
Seguí bailando
cuando tus palabras
empezaron a mancharse de mentiras
Seguí bailando
cuando tu silencio
se volvió más largo
que nuestras noches.
Aun así
yo bailaba.
Porque cuando amas de verdad
una se vuelve ese tipo de loca elegante
que sigue girando
aunque la orquesta
ya se haya ido.
Hasta que un día
la playa desapareció.
Y lo que quedó
fue una habitación oscura.
Sin mar.
Sin música.
Sin nosotras.
Solo el eco
de lo que alguna vez fuimos.
Fue ahí
donde mis rodillas cambiaron de destino.
Porque ya no estaban frente a ti.
Estaban frente a Dios.
Imagínate la escena.
La misma mujer
que antes se arrodillaba
con hambre
con deseo
con la boca llena de tu nombre…
ahora estaba suplicando al cielo
como una náufraga emocional.
—Dios…
si estás escuchando
haz algo con este huracán.
Porque mi vida
se convirtió en una tormenta
y la ironía
es que yo misma
había invitado al viento.
Nunca te pedí que lo entendieras.
Nunca.
El amor no exige comprensión.
Solo compañía.
Eso era todo lo que quería.
No que arreglaras mi caos.
No que salvaras el desastre.
Solo que te sentaras a mi lado
mientras el mundo
se caía a pedazos.
Pero ni siquiera eso.
Así fue como entendí
la broma cruel del amor:
una puede sobrevivir
a la distancia.
Al silencio.
Incluso al abandono.
Pero hay algo
que destruye a cualquiera.
Descubrir
que la mujer
con la que jurabas bailar toda la vida
ya cambió de canción.
Y tú…
tú sigues en medio de la pista
girando como una loca
abrazando un fantasma
mientras el mundo
te mira con lástima.
Tal vez tengan razón.
Tal vez sí estoy loca.
Pero dime algo…
si amarte
era la locura,
entonces alguien debería explicarme
por qué la cordura
se parece tanto
a la muerte.
Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...