Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

lunes, 16 de marzo de 2026

Presente Eterno

Cómo quisiera
que todos los verbos de nuestra historia
estuvieran conjugados en pasado.

Yo te amé.

Yo te extrañé.

Yo te esperé.

Como si todo esto
fuera apenas una mala gramática del corazón
que ya aprendí a corregir.

Pero no.

El presente —ese desgraciado—
se levanta conmigo todos los días
y dicta la clase
con una paciencia cruel.

Te amo.
Te extraño.
Te espero.

Y lo peor
es que tú ya cambiaste de conjugación.

Tú ahora amas a otro,
tú ahora tocas a otro,
tú ahora duermes
en el lugar exacto
donde antes
yo aprendía de memoria
cada centímetro de tu espalda.

Mientras tanto
yo sigo atrapada en este tiempo verbal
que no avanza,
un presente obstinado
que se niega a convertirse en pasado
como debería hacerlo
cualquier cosa que ya se fue.

Intenté conjugarte en futuro, ¿sabes?

Decirme a mí misma:

Te olvidaré.
Te superaré.
Seré libre.

Pero el futuro
también resultó ser un mentiroso elegante.

Porque llega la noche
y todos los tiempos verbales
se derrumban.

Y entonces vuelvo
a la única conjugación
que todavía sabe decir mi cuerpo:

Te sigo amando.
Te sigo esperando.
Te sigo extrañando.

Qué ironía tan miserable…

Tú te fuiste
a conjugar el verbo amar
en la cama de alguien más,

mientras yo sigo aquí

intentando convertirte
en un pasado correcto

que la gramática brutal del amor

todavía

no me permite escribir. 🖤 

domingo, 15 de marzo de 2026

¿Y cuándo?

 ¿Y cuándo?

Dime… ¿Cuándo carajos se acaba esto?

¿Cuándo seré libre
de toda esta mierda
que dejaste sembrada en mi pecho
como si el amor fuera un campo
y el dolor la única cosecha posible?

¿En qué día del calendario
está marcado el momento
en que tu recuerdo
deja de caminar por esta casa
como si todavía tuviera llaves?

Porque yo tenía planes, ¿sabes?

Planes ridículamente hermosos
de esos que solo inventan
los idiotas que creen en el amor
como si fuera una promesa seria
y no esta broma cruel
que ahora me mira desde el espejo.

Yo soñé contigo.

Soñé mañanas torpes
con café frío y tus pies enredados en los míos,
soñé viajes sin mapa
donde lo único urgente
era descubrir si tu risa
sonaba igual en todas las ciudades.

Soñé envejecer contigo,
lo cual ahora que lo pienso
era una fantasía bastante ambiciosa
para dos mujeres
que no supieron ni sobrevivir
al primer invierno del alma.

Soñé una vida entera…

y ahora todo eso
vive en el mismo lugar
donde viven los barcos que nunca zarparon
y las promesas que se dijeron
cuando el amor todavía
no mostraba los dientes.

Y aquí estoy.

Esperando ese “pronto”
que algún día me prometí:
el pronto en el que todo esto dolería menos,
el pronto en el que tu nombre
dejaría de ser
una especie de oración torcida
que mi memoria repite
sin fe
y sin remedio.

¿Pero sabes qué es lo más absurdo?

Que ni siquiera sé
si quiero que llegue.

Porque cuando por fin sea libre
de toda esta mierda…

también seré libre de ti.

Y aunque suene miserable admitirlo,
una parte de mí todavía prefiere
seguir prisionera
de lo que soñé contigo

antes que aceptar
que todo lo que planeé
para nosotras

era solo un futuro hermoso

que nunca
iba a suceder. 🖤

martes, 10 de marzo de 2026

Hasta el mejor bailarín

 Hasta la mejor bailarina del mundo

parecería una loca

para quien no escucha la música.

Y supongo que por eso
muchas veces me miraban así
cuando hablaba de nosotras.

Porque yo bailaba contigo
aunque el mundo jurara
que no había canción.

Yo sí la escuchaba.

La escuchaba en tu respiración
cuando la noche nos encontraba
con la piel ardiendo
y las promesas cayendo al suelo
como ropa inútil.

La escuchaba
en esos gritos tuyos
que no parecían dolor
sino celebración.

Gritos que hacían temblar las paredes
como si el universo entero
estuviera aprobando
lo que hacíamos en la oscuridad.

Y en esos tiempos
mis rodillas tenían otro significado.

Arrodillarme frente a ti
no era una oración.

Era un ritual.

Era hambre.
Era deseo.
Era el tipo de locura
que solo dos mujeres
que se aman demasiado
pueden entender.

Y Dios…
Dios debe haber estado mirando todo eso
con la misma paciencia
con la que un padre observa
a una hija jugar con fuego.

Sabiendo
exactamente
cómo va a terminar.

Pero el problema del amor
es que nadie nos enseña
a escuchar
cuando la música cambia.

Así que seguí bailando.

Seguí bailando
cuando tus labios  empezaron a tocar otras bocas.

Seguí bailando
cuando tus palabras
empezaron a mancharse de mentiras

Seguí bailando
cuando tu silencio
se volvió más largo
que nuestras noches.

Aun así
yo bailaba.

Porque cuando amas de verdad
una se vuelve ese tipo de loca elegante
que sigue girando
aunque la orquesta
ya se haya ido.

Hasta que un día
la playa desapareció.

Ese escenario hermoso
donde el mundo parecía perdonarnos
por existir.

Y lo que quedó
fue una habitación oscura.

Sin mar.
Sin música.
Sin nosotras.

Solo el eco
de lo que alguna vez fuimos.

Fue ahí
donde mis rodillas cambiaron de destino.

Porque ya no estaban frente a ti.

Estaban frente a Dios.

Imagínate la escena.

La misma mujer
que antes se arrodillaba
con hambre
con deseo
con la boca llena de tu nombre…

ahora estaba suplicando al cielo
como una náufraga emocional.

—Dios…
si estás escuchando
haz algo con este huracán.

Porque mi vida
se convirtió en una tormenta
y la ironía
es que yo misma
había invitado al viento.

Nunca te pedí que lo entendieras.

Nunca.

El amor no exige comprensión.
Solo compañía.

Eso era todo lo que quería.

No que arreglaras mi caos.
No que salvaras el desastre.

Solo que te sentaras a mi lado
mientras el mundo
se caía a pedazos.

Pero ni siquiera eso.

Así fue como entendí
la broma cruel del amor:

una puede sobrevivir
a la distancia.

Al silencio.

Incluso al abandono.

Pero hay algo
que destruye a cualquiera.

Descubrir
que la mujer
con la que jurabas bailar toda la vida
ya cambió de canción.

Y tú…

tú sigues en medio de la pista
girando como una loca
abrazando un fantasma
mientras el mundo
te mira con lástima.

Tal vez tengan razón.

Tal vez sí estoy loca.

Pero dime algo…

si amarte
era la locura,

entonces alguien debería explicarme
por qué la cordura
se parece tanto
a la muerte.

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...