Te la dejo.
Con moño, con sus traumas, con su ego inflado
y su necesidad crónica de sentirse deseado
cada vez que le mira el culo una sombra.
un hombre que miente como respira
y jura amor con la misma boca
con la que me decía que tú “no valías la pena”.
Qué tierna te ves creyéndole.
Yo también tuve esa cara de idiota enamorada,
esa sonrisa boba, esa fe de mártir
antes de descubrir los mensajes,
las excusas baratas, el perfume ajeno en mi almohada
y la forma en que llegaba tarde,
pero con el ego bien afilado.
¿Celos?
No, ya no.
Los celos son para cuando aún queda algo.
Lo mío ya es otra cosa:
una mezcla entre asco, risa y lástima,
como ver a una amiga probar leche vencida
después de que tú ya te cagaste del estómago.
Sí, yo fui su casa.
Y tú, su motel de paso.
Un polvo con luces bajas y promesas flojas.
Una excusa para no arreglar sus grietas.
Pero quédate tranquila:
ya no duele,
ya no quema,
ya no grito su nombre en la almohada.
Ahora lo digo bajito,
cuando me tropiezo con su recuerdo
como quien pisa mierda y solo dice:
“Otra vez este imbécil”.
A ti,
te deseo suerte.
De verdad.
Porque amar a alguien que no sabe quererse
es como abrazar un cactus
esperando caricias.
Pero hey!!!
tú querías lo que era mío.
Ahora es tuyo.
Disfrútalo.
Viene con manual roto,
alma usada
y mil excusas en la mochila.
Yo me voy.
Limpia, herida, pero libre.
Tú…
tú verás cuánto te cuesta quedarte
en un incendio que ya me consumió.

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