Se me mueren las ganas,
como hojas secas que ya no quieren caer,
como un reloj detenido en la hora menos esperada,
como una carta sin tinta, sin destinatario,
sin manos que la quieran abrir.
La tristeza al menos llora,
al menos grita, al menos arde.
Esto es otra cosa.
Es una habitación sin puertas,
un cuerpo sin lenguaje,
una respiración que no pregunta si vale la pena.
Se me mueren las ganas
de los cafés compartidos,
de las miradas que prometían mundos enteros,
de las promesas simples, como
“mañana será mejor”.
Ya no espero nada del viento,
ni de las canciones que antes me dolían bonito.
Ya no me conmueven los colores del atardecer,
ni el perfume de la lluvia en las aceras viejas.
Estoy sentado en el borde de mí misma,
mirando pasar la vida como un tren
que ya no me detiene.
Hay un banco que cruje bajo mi peso
y un silencio que me conoce por nombre.
No tengo hambre,
no de comida,
sino de futuro, de deseo,
de ese temblor que sentía en las manos
cuando la vida me tocaba aunque fuera con frío.
Se me mueren las ganas.
Y eso asusta.
Porque si no hay ganas, ¿Qué queda?
¿Quién soy cuando no quiero nada,
cuando ya no busco, no espero, no insisto?
Soy un envase sin mensaje,
una brújula sin norte,
un poema sin rima ni ritmo,
una boca que se cansa de explicar
que no es dolor lo que tiene,
sino ausencia de ganas de volver a sentir.
Se me mueren las ganas.
Pero aquí sigo,
esperando que algún día
resuciten solas,
como el sol que insiste
aunque nadie lo mire.

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