con cuidado, con distancia, con una ternura fingida
que no incomode a nadie.
Pero a veces, en silencio, me odio con tanta pasión
que hasta los espejos bajan la mirada.
He querido ser luz,
pero hay días en los que me abraza más bonito la oscuridad.
No por tragedia,
sino porque ahí nadie me exige brillar.
Me enseñaron que el amor debía salvarme,
pero tú llegaste como un incendio
y descubrí que hay fuegos que no queman la piel,
queman la versión de ti que fingías para sobrevivir.
Amarte no me hizo mejor,
pero me dejó la piel abierta,
y por esas grietas empezó a salirse todo lo que escondía.
No fuiste redención,
fuiste espejo.
Y eso, aunque nadie lo diga,
duele mucho más.
No me arrepiento.
Me elegí con el corazón sucio,
la esperanza rota,
y los pies caminando sobre cristales.
A sabiendas.
Con rabia.
Con amor.
Porque hay quienes llegan para quedarse,
y hay quienes llegan para que uno se quede consigo mismo.
Y tú fuiste de los segundos.
La herida que me enseñó dónde estaba viva.
A veces aún te recuerdo como quien recuerda un país
que ya no existe.
Una bandera que se quemó en sus propias fronteras.
Un idioma que ya no hablo, pero que mi alma todavía susurra.
Y aún así, si todo se repitiera,
si el destino se ofreciera en bandeja,
volvería a cruzarme contigo.
No para que me salves.
Sino para volver a caer.
Pero esta vez…
con los ojos abiertos,
las manos firmes,
y el alma lista para entender
que hay amores que no se quedan,
pero sí se clavan.
Y desde ahí… nos transforman.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario