levanté muros con los restos de mi risa,
construí pasillos donde antes había piel,
rediseñé la soledad
para que doliera menos
o al menos, más bonito.
Hice planos para huir de mí misma,
con salidas de emergencia en cada latido.
Reemplacé ventanas por abismos,
las puertas por cicatrices bien cerradas.
Todo medido,
todo pensado,
todo hermético.
Pero no hay muro que el llanto no humedezca,
ni estructura que no tiemble
cuando el silencio se instala.
Y un día,
la obra maestra de mi encierro
se vino abajo.
Colapsó sin ruido,
como colapsan los que aman sin ser vistos.
Me quedé entre escombros
con los ojos abiertos
y las manos vacías.
No supe si llorar por lo perdido
o por todo lo que nunca fue.
Porque a veces,
no es el dolor lo que rompe:
es la costumbre de sobrevivir en ruinas.

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