Aún no puedo caminar por esas putas calles
que antes me sabían a libertad,
porque ahora me saben a ti.
A tus mentiras.
A tu voz de culebra disfrazada de caricia.
Cada esquina es una emboscada emocional,
y yo, estúpida, sigo cayendo.
Los pensamientos me devoran como si fuera cena caliente.
Y no tengo hambre, ni fuerzas, ni ganas.
El estómago cerrado, como mi dignidad cuando te amé.
Me tragué tus excusas,
y ahora no me entra ni el aire sin llorar.
Aún me acuesto llorando.
Y no, no sé por qué,
o tal vez sí, pero ya ni sé cómo explicarlo
sin parecer loca,
aunque loca ya quedé después de ti.
Me despierto con ese mismo nudo en la garganta
que no es tristeza, es rabia.
Es odio con maquillaje.
Es querer gritarle al mundo:
"me rompió, y encima se fue silbando."
Las risas ajenas me suenan a burla.
Los ruidos de la ciudad me perforan el alma.
Porque cada rostro que no es el tuyo
me recuerda que el tuyo fue el que me enseñó
lo doloroso que puede ser amar mal.
No puedo comer sin ahogarme en recuerdos.
Y sí, aún me arrodillo como idiota,
le oro a un dios que parece estar de vacaciones.
Le pregunto qué carajo hice mal.
En qué momento me perdí.
Cómo fue que terminé queriendo a una cobarde.
Aún quiero saber de ti,
aunque me tiemble todo solo de pensarlo.
Me da miedo verte,
porque sé que en cuanto te escuche,
toda esta fuerza que aparento se me cae como papel mojado.
Aún tengo demasiados "por qué"
y ni un solo "para qué" que valga la pena.
Sigo hecha mierda,
con el alma arrastrándose,
y aún —maldita sea—
te amo.
O te recuerdo como si eso fuera amor.
Un día más, un día menos,
¿Qué importa?
El dolor no se va, solo aprende a quedarse callado.
Y yo…
yo sigo aquí.
Con los pedazos en las manos,
esperando que un día de estos,
ya no duela recordarte.
Ni nombrarte.
Ni sobrevivirte.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario