¿Cuántas veces hay que tragar
la dignidad podrida
para que no se note
que lloramos por alguien
que nos enterró vivas?
No se trata de amor.
Se trata de ego.
De admitir que una se arrastró
por migajas que sabían a ti.
Que se durmió con tu fantasma
apretado al pecho
y despertó
con el corazón en carne viva
y tu nombre entre los dientes.
¿Sabes lo que duele?
No fue tu traición.
Fue tener que inventarme entera
para no rogarte volver.
Porque sí.
Te echo de menos.
Pero también me echo a mí de menos,
la que era antes de ti,
la que no sabía lo que era
suplicar con la mirada
y morir un poco cada vez que no respondías.
¿Cuánto orgullo se mata
para decir eso en voz alta?
Todo.
Pero tranquila,
ya hice la autopsia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario