Si tuviera que describirme con un personaje,
lo haría con Severus Snape.
Distante.
Oscuro.
De esos que cuando entran, la habitación se enfría.
Llevo el desprecio en la mirada
como otros llevan el maquillaje:
es parte del uniforme.
Mi voz no busca caer bien.
Mi silencio tampoco.
Y si sonrío,
es solo porque me resulta gracioso
ver cómo algunos aún creen
que la bondad siempre se nota en la cara.
Siempre visto de negro.
No por estilo.
Sino por luto permanente:
por mí, por lo que fui,
por lo que amé y me quitó hasta la sombra.
Mi actitud…
pedante, odiosa, antipática.
Sí.
Todo eso.
Me lo gané a pulso.
Porque si no vas a ser querido,
al menos que te teman con razón.
Pero aún así…
tengo un Patronus.
Una luz que no pedí,
que me sigue como un recuerdo
en forma de castigo.
Después de todo este tiempo,
sigue tatuado en mi pecho,
marcado a fuego frío,
como si cada latido lo repitiera:
“Siempre.”
Está en mi alma.
Recorre mis huesos,
habita mis noches,
me observa desde el reflejo de todo lo que no fue.
Es una llama blanca que no abriga,
una compañía que no consuela.
Está en cada célula de mis torrentes sanguíneos.
Como si el amor no me hubiera abandonado,
sino invadido,
colonizado,
infectado con dulzura que arde.
Aún así…
soy yo quien camina.
Quien enseña, quien castiga,
quien odia lo suficiente como para resistir.
Porque soy Severus Snape.
No, no soy un héroe.
No necesito redención,
ni estatuas,
ni canciones.
Solo un rincón en las sombras,
donde nadie pregunte por qué el ciervo sigue apareciendo
cada vez que cierro los ojos.
Yo hice un pacto.
Uno que ningún juramento mágico podría sellar.
Uno que hice solo,
en silencio,
con las lágrimas que nunca lloré.
Ese pacto…
no lo romperé.
Aunque me cueste la sangre.
Aunque me cueste el alma.
Aunque me cueste vivir como si ya estuviera muerto.
Porque así soy yo.
Porque amar sin ser amado
es una maldición silenciosa,
y yo la llevo con elegancia amarga.
Soy Snape.
O algo peor:
soy quien entiende a Snape.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario