Mírame, hermana.
No como alguien que triunfó,
sino como alguien que no traicionó su sueño,
aunque el camino me arrancara pedazos que nunca volverán.
Nos lo dicen como si fuera advertencia,
como si fuera castigo.
Y sí:
duele.
Te quita el aire a veces.
Te hace dormir sola otras tantas.
Te enfrenta contigo misma —sin disfraces, sin excusas.
Pero ¿sabes qué es peor?
El precio de no intentarlo.
El precio que pagan las que se traicionan.
Las que callan lo que desean.
Las que doblan la espalda
y fingen que no les importa vivir para otros,
que la comodidad es suficiente.
No lo es.
A mí me ha costado todo.
He tenido que abandonar hábitos,
arrancar raíces,
romper espejos donde ya no me reconocía.
He cruzado noches donde no hubo consuelo,
solo mi promesa como escudo.
He cargado con decepciones que todavía sangran…
Pero no me arrepiento.
Porque yo me atreví.
A pesar del miedo.
A pesar del juicio de quienes prefieren la jaula dorada.
A pesar de que ser fiel a lo que amo
me ha convertido en exiliada
de lugares donde una vez fui bienvenida.
No vine a este mundo a ser entendida,
vine a ser verdadera.
Y si eso me cuesta cariño,
si eso me cuesta compañía,
si eso me deja con el alma rota entre las manos…
…entonces que así sea.
Porque peor sería vivir con la culpa
de haberme fallado a mí misma.
Así que si algún día tu alma te llama al abismo,
si una parte de ti quiere correr aunque tiemble…
hazlo.
Corre.
Tiembla.
Pero no te quedes.
La que se queda, se muere por dentro.
La que se rinde, se pudre en su propia traición.
Y la que sueña, aunque le duela todo el cuerpo,
aunque tenga el corazón abierto en dos,
esa…
esa sigue viva.

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