No tengo miedo de la soledad.
Ese monstruo hace tiempo duerme a mis pies.
Lo que me hiela el alma
es vivir mintiendo.
Llamar luz a la sombra.
Llamar amor a lo que apenas es apego.
Cerrar los ojos y fingir que es fe
cuando en realidad es miedo.
a una mentira que me acaricie mientras me pudre por dentro.
Por eso estoy aquí.
Por eso sigo.
Porque tú y yo hicimos un pacto:
mirarnos con los ojos abiertos,
decirnos lo que arde aunque duela,
sostenernos en silencio cuando ya no quedan palabras.
Cuando el mundo se vuelve denso,
cuando todo parece temblar,
solo necesito una cosa:
que me cojas la mano.
Eso basta.
Esa promesa silenciosa
es más fuerte que cualquier juramento gritado al cielo.
No somos perfectas.
Tú lo sabes.
Yo lo sé.
Aún así, cuando me miras y dices
“Eres una bendición en mi vida”…
creo.
No porque lo diga un hombre,
ni porque se firme con papeles,
sino porque nace del alma de una amiga
que conoce mis grietas y no se va.
No hace falta ser el mejor.
Ni la más sabia.
Ni la más fuerte.
Hace falta ser real.
En este mundo de máscaras
y medias verdades disfrazadas de amor,
nosotras elegimos la verdad completa,
aunque duela,
aunque nos deje temblando.
Porque así se honra un pacto.
Porque así se mantiene encendida la llama
de lo que realmente importa:
lealtad sin condiciones,
amor sin ceguera,
y una promesa que no se rompe,
ni siquiera cuando el alma cruje.

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