Me pediste que no dejara
que el dolor me convirtiera en sombra.Que siguiera caminando, aunque el piso crujiera
bajo el peso de tu ausencia.
Yo, con más miedo que coraje,
dije que sí.
No sabía que prometer fortaleza
es como prometerle fidelidad al mar:
ambos cambian,
ambos rompen.
Y sí, fallé.
Fallé los lunes grises, los martes sin motivo,
las noches donde tu nombre pesaba más que el aire.
Fallé en silencio, con una sonrisa educada,
de esas que no engañan a nadie,
pero evitan preguntas.
Aun así, sigo aquí.
No por valentía —no me adornes—
sino por amor bruto,
por lealtad absurda,
por la necedad de no soltar lo que ya no está.
Honrarte, descubrí,
no es hablar de ti como estatua,
sino respirar y no odiar el oxígeno que tú ya no usas.
Así que sí,
me volví más fuerte.
No de esas fuerzas que levantan mundos,
sino de las que arrastran el alma
y aún así llegan a casa.
A mi manera.
Torcida, cansada, medio rota,
pero cumpliendo.
Porque aunque me fallé,
a ti no.

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