Soy una mujer de palabra.
De las que no se quiebran al primer temblor.
De las que callan, pero no ceden.
De las que tiemblan por dentro
mientras por fuera mantienen la frente erguida
y el alma ardiendo.
No rompo pactos.
No porque no duela,sino porque mi dolor no es excusa para traicionar lo que juro.
Porque mi voz tiene peso,
y cuando digo “sí”,
esa palabra se convierte en fuego y se graba en mi piel.
Aunque el dolor me carcoma el alma,
aunque haya noches donde el pecho se me vuelva piedra,
aunque me tiemble la fe,
más fuerte es la llama
que me empuja a cumplir lo que prometí.
Nada sucede sin esfuerzo.
Eso lo aprendí a fuerza de golpes y de esperas.
Nada cae del cielo
sin que primero haya una mujer que lo mire con hambre
y se atreva a dar un paso,
aunque tenga miedo.
Hay que tener fe.
Pero la fe no es una flor suave.
Es una espada.
Es una batalla contra todo lo que nos dice: “no puedes”.
Y para tener fe,
hay que romper los prejuicios que nos atan,
los que heredamos, los que callamos, los que fingimos que no existen.
Eso requiere coraje.
Para tener coraje,
hay que vencer el miedo.
Ese que te susurra al oído que es mejor rendirse,
que ya es suficiente,
que nada vale tanto.
Y aun así… camino.
Porque elegí esto.
Porque lo que valoro no cambia cuando me duele.
Porque cumplir la palabra
es también una forma de amarme a mí misma,
de no fallarme.
Soy una mujer de palabra.
Y aunque eso me sangre por dentro,
prefiero mil veces el dolor de ser fiel
al vacío que deja traicionar lo que una vez juré con el alma.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario