Desde el primer aliento, ya somos deuda:
una existencia prestada
que debe ser devuelta
con obediencia,
con renuncia,
con la muerte lenta del yo.
Debemos morir a lo que somos.
A cada impulso.
A cada anhelo que no tenga forma de altar.
Morir para agradar a Dios…
¿pero qué queda entonces?
¿Quién habita el cuerpo después del sacrificio?
Y aún así,
nos exigen ser alguien.
Construir un nombre.
Dejar huella.
Ser luz.
Ser sal.
Ser todo.
¿Pero cómo se es algo
cuando lo primero que se nos enseña
es a anularnos?
Todo lo que deseas es sospechoso.
Todo lo que deseas —si te arde, si te mueve—
debe ser examinado,
filtrado, purgado,
hasta que no quede más que obediencia.
¿Acaso no basta con amar?
¿Con creer?
¿Con rendirse?
Incluso la felicidad debe ser sagrada.
Si algo te hace feliz,
pregunta primero:
¿hace feliz también a Dios?
Porque si no, no sirve.
Porque si no, será arrancado.
Y yo me pregunto:
¿Quién nos enseñó que la cruz
es el único lenguaje del amor?
¿Quién decidió que para amar a Dios
debíamos dejar de ser humanas?
Cristo pagó con todo.
Eso lo creo.
Con sangre.
Con el peso del mundo en la espalda.
Con el silencio del cielo en su agonía.
¿Y yo?
¿Cómo se paga una deuda que ya fue pagada?
¿Cómo se responde a un amor perfecto
sin volverse ceniza?
No pongo en duda Su amor,
pero sí esta jaula disfrazada de altar.
Este deber eterno de estar rotas para demostrar devoción.
Este evangelio del agotamiento.
¿Cómo se sirve sin perderse?
¿Cómo se entrega todo
sin extinguir la voz que clama en lo profundo:
“yo también soy obra suya”?
Y si todo debe ser para Él…
¿queda algo para nosotras?
¿Acaso es eso fe…
o simplemente el final de uno mismo
con una sonrisa obligada?

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