Aunque confío con todo mi corazón en Dios,
no puedo evitar este vértigo que me habita.Hay noches en que mi alma reza de rodillas rotas,
Aún así…
no vuelve.
No vuelve la luz con la que una vez respiré.
No vuelve su voz,
ni el temblor de su risa entre mis huesos,
ni el temblor de mis manos tocando lo sagrado en su piel.
Yo la sentí.
Y quien ha sentido lo divino no se conforma con recuerdos.
No se consuela con palabras,
ni se adormece con esperanzas.
Fui feliz.
No feliz como se es un domingo cualquiera,
sino como si el cielo se hubiera abierto solo para mí.
Como si Dios me hubiera mirado directo a los ojos
y me hubiera dicho: “Toma, esto es tuyo. Cuídalo.”
Lo cuidé.
Pero igual la perdí.
Y desde entonces, mi bendición se pudre en algún rincón del tiempo
donde no tengo acceso,
donde no puedo entrar
ni siquiera con todas las lágrimas que cargo.
Confío, sí…
pero confío como quien camina en la oscuridad con los ojos abiertos,
sin ver nada.
Confío como quien se ahoga
y aún así no deja de rezar bajo el agua.
Dios es testigo de mi fe…
pero también es testigo de mi ruina.
A veces me pregunto si me escucha
o si simplemente me contempla en silencio,
como quien observa una vela apagarse lentamente
sin intervenir.
Me enseñaron que Él da y quita.
Pero nadie me preparó para este vacío sin explicación.
Para esta vida que sigue,
como si no faltara algo esencial.
Como si yo no hubiera sido destruido por dentro.
Y sé que hay más por vivir.
Lo sé.
Pero también sé que algunos días
mi alma no quiere avanzar,
solo quiere volver.
Volver a aquel instante.
A su voz.
A su tacto.
A ese momento en que todo tenía sentido.
Y si no puedo…
si no está escrito que yo vuelva a ser feliz,
entonces que al menos sepa esto:
Que fui fiel.
Que no maldije.
Que aún entre las ruinas,
seguí mirando al cielo
aunque ya no me respondiera.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario