Cuando ya no tiembla,
cuando deja de pedir amor
como un perro hambriento
nace una voz
que no grita
pero arde.
En el silencio de la mente,
cuando callan los fantasmas
que llevan tu nombre,
cuando ya no hay ruido de promesas rotas
ni ecos de lo que no fue,
hay una sombra que no asusta: Enseña.
En ese hueco sin palabras
ni consuelo,
me escuché por primera vez.
No era una voz dulce.
Ni sabia como en los libros.
Era la voz
que susurra verdades
que duelen:
que nadie va a salvarme,
que el amor no siempre es refugio,
que hay despedidas necesarias
y abrazos que matan lento.
Silencio.
Eso quedó.
Eso fui.
Pero dentro de esa nada
descubrí que aún respiro.
Que respirar, después de tanto, también es un acto de guerra.

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