Hoy es una buena noche
para conversar con mi cigarrillo.
No porque me calme.
No porque me salve.
Sino porque no me interrumpe,
no me da excusas baratas,
Sobre todo, porque no me deja esperando respuestas que no van a llegar.
Anoche también hablé con él.
Le conté que estoy harta.Vacía.
Aburrida de sonreír con la boca
mientras el alma se me pudre en silencio.
Le dije que me siento
como un fantasma
que camina sin nombre,
que ya ni sé si existo
más allá de las veces que lloré por ella.
Lo encendí lento,
como quien enciende su propio final.
Mientras el humo subía
como plegaria sin Dios,
le solté todo:
Le hablé de ti
de tus besos que sabían a trampa,
de tus "te amo" con eco a traición.
De cómo fingías que me amabas
mientras abrías las piernas para cualquier sombra.
Le conté que te lloré
hasta secarme,
que cada lágrima sabía a rabia,
que cada esperanza tuya
fue otra bala en mi pecho.
Le dije que quizá nadie
me quiere
porque me atreví a vivir a mi manera,
porque no bajo la cabeza,
porque no me vendo, ni me disfrazo de mujer domesticada.
Que a lo mejor ya estoy
acabada, rota, derrotada...
pero digna.
Eso, parece, molesta más que mi rabia.
Le confesé que no me da
miedo quedarme sola,
que lo que me dio miedo fue perderme por complacerla.
Que aposté todo por una imbécil
que no supo siquiera quedarse.
Él,
mi cigarro,
solo escuchaba,
ardiendo despacio,
como yo, mientras el mundo se desmoronaba y nadie preguntaba si aún respiraba.
Cuando no quedó más que
un rastro de ceniza,
supe que en este mundo de putas emociones plásticas
y amores cobardes, solo él se quedó.
Mi único amigo.
El único que no me pidió que me callara.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario