Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

viernes, 13 de junio de 2025

Hoy es una buena noche para conversar con mi cigarrillo.


Hoy es una buena noche
para conversar con mi cigarrillo.
No porque me calme.
No porque me salve.
Sino porque no me interrumpe,
no me da excusas baratas,
Sobre todo, porque no me deja esperando respuestas que no van a llegar.

Anoche también hablé con él.

Le conté que estoy harta.
Vacía.
Aburrida de sonreír con la boca
mientras el alma se me pudre en silencio.

Le dije que me siento como un fantasma
que camina sin nombre,
que ya ni sé si existo
más allá de las veces que lloré por ella.

Lo encendí lento,
como quien enciende su propio final.
Mientras el humo subía
como plegaria sin Dios,
le solté todo:

Le hablé de ti
de tus besos que sabían a trampa,
de tus "te amo" con eco a traición.
De cómo fingías que me amabas
mientras abrías las piernas para cualquier sombra.

Le conté que te lloré hasta secarme,
que cada lágrima sabía a rabia,
que cada esperanza tuya
fue otra bala en mi pecho.

Le dije que quizá nadie me quiere
porque me atreví a vivir a mi manera,
porque no bajo la cabeza,
porque no me vendo, ni me disfrazo de mujer domesticada.

Que a lo mejor ya estoy acabada, rota, derrotada...
pero digna.
Eso, parece, molesta más que mi rabia.

Le confesé que no me da miedo quedarme sola,
que lo que me dio miedo fue perderme por complacerla.
Que aposté todo por una imbécil
que no supo siquiera quedarse.

Él,
mi cigarro,
solo escuchaba,
ardiendo despacio,
como yo, mientras el mundo se desmoronaba y nadie preguntaba si aún respiraba.

Cuando no quedó más que un rastro de ceniza,
supe que en este mundo de putas emociones plásticas
y amores cobardes, solo él se quedó.
Mi único amigo.
El único que no me pidió que me callara.


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