La sangre que salió de mis heridas
para salir de fiesta con tus amigas,
ir a conciertos,
y verte radiante para él.
Qué ironía:
yo desangrada en la oscuridad
y tú brillando con mi dolor como maquillaje.
Mientras yo me rompía los dedos
escribiendo excusas para tus traiciones,
tú te tomabas selfies
con el hocico rojo,
sin una sola lágrima,
sin una puta culpa.
Como si nunca hubieras dormido en mi pecho,
como si mis noches sin respirar
fueran un mal chiste que ya olvidaste.
Brindaste con mi sangre.
Te la bebiste con hielo y risa.
Almorzabas por él,
como si yo no hubiera sido
quien te sostuvo mientras temblabas,
como si mis cicatrices
fueran solo adornos para tus cuentos de víctima.
Te luciste, cabrona.
Te llevaste todo lo mío,
hasta las ganas de volver a confiar.
Aún así, cuando te veo tan feliz,
no deseo venganza.
Solo deseo que una noche,
en medio del ruido y las luces,
sientas de golpe
el sabor metálico en tus labios,
y recuerdes de dónde viene tu brillo.

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