Por el día miento.
Respiro.Camino.
Hago listas.
Me digo: fue lo mejor.
Me digo: era necesario.
Pero llega la noche
y todo cae.
La cama se alarga.
El reloj se burla.
Y yo me desnudo sola,
con la torpeza de quien
ya no espera ser tocada.
El corazón grita,
como un animal abandonado
en medio del bosque.
La razón lo mira desde lejos
y calla.
Ya está cansada de repetir lo mismo.
En la almohada
la pelea es silenciosa:
la mente enumera tus errores,
el alma pide tus manos.
Una parte de mí quiere borrarte.
La otra…
te espera.
Es ahí en el temblor de las tres de la mañana
donde el cuerpo recuerda.
Y duele.
No como una herida abierta,
sino como hambre.
Un hambre que no se sacia.
Un hueco donde antes dormías tú.
Yo no quiero llamarte.
Pero no dejo de hacerlo.
En mi mente.
En mis sueños.
En ese lugar donde todavía somos
y no somos nada.

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