Lo que no mata engorda,
eso dije, riéndome con los dientes sucios de ilusión
antes de probarla a ella.
Antes de meterme en la boca esa droga con piernas,
esa caricia disfrazada de ruina.
Pero no me mató.
No fue tan amable.
Solo me dejó en agonía,
justo en ese rincón donde el dolor no es letal
pero sí constante,
un poco más allá del cómo salgo de esto,
un poco más acá de la puta muerte.
No, no engordé.
Perdí peso.
Tanto que las costillas aprendieron a rezar,
tanto que el espejo se rompió al verme,
no por fea, no por rota,
sino por vacía.
Porque no hay reflejo para quien ya no se sostiene ni con su sombra.
Mi estómago... miserable traidor
quiso reemplazar al corazón,
intentó tragarse el duelo,
digerir las promesas,
llenarse con la ausencia.
Pero la carga…
ah, la carga.
Tan densa, tan pesada, tan jodidamente mía,
que no hay espacio ni para un suspiro,
ni para un antojo,
ni para un "estoy bien" a medias.
Todo me pesa.
El cuerpo, el recuerdo, la cama vacía.
Las palabras no dichas.
Las que sí se dijeron.
El “te quiero” con fecha de caducidad.
Y aquí estoy,
seca por dentro,
demacrada por fuera,
con el alma colgando como una prenda vieja,
pensando que si esto no me mata,
quizás me convierta en estatua.
De esas que nadie mira,
que nadie toca,
que solo existen para sostener el silencio.
T3

No hay comentarios.:
Publicar un comentario