Fui perdiendo tanto sin darme cuenta,
como si la vida me arrancara pedazosmientras yo seguía sonriendo por inercia.
La risa fue la primera en irse,
se me cayó una noche en medio de una conversación vacía,
nadie se dio cuenta.
El hambre se volvió silencio,
un nudo en la garganta que confundí con autocontrol.
La esperanza se pudrió en una esquina de la cama
donde solía soñar sin miedo.
La fe…
¿Qué te digo de la fe?
La vi escaparse en los ojos de quien me prometió quedarse.
Ahora que quiero volver,
que quiero rearmarme con lo poco que quedó,
descubro que el espejo ya no me reconoce,
que el cuerpo no responde,
que mi voz suena ajena incluso en mi cabeza.
No recuerdo el camino.
No hay señales,
ni migas de pan,
ni manos esperando al final de esta mierda de túnel.
No recuerdo quién soy.
Ni lo que amaba,
ni lo que me hacía llorar,
ni siquiera qué lado de la cama era el mío.
Estoy tan ausente de mí,
que a veces creo que alguien más respira en mi lugar.
No me puedo hallar.
No importa cuánto escarbe,
cuánto duela,
cuánto sangre:
no me encuentro.
Solo sé que existí.
Que una vez reí con ganas,
quise sin miedo,
y creí que el amor podía salvarme.
Ahora solo estoy.
Y estar,
cuando ya no eres tú,
es una forma lenta y elegante de morir.

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