Perdiste.
Pero no hablo de mí.Te perdiste a ti.
Te arrancaste la piel a tiras
hasta quedarte solo con la fachada.
Perdiste el brillo que tienen
solo las cosas auténticas,
esas que no se venden ni se intercambian
por una noche tibia
y un par de aplausos sin rostro.
Te jodiste.
Porque perdiste la inocencia de tus ojos,
esa que solo las almas limpias
pueden sostener sin temblar.
Ahora miras con una pupila vacía,
como quien ha mentido tanto
que ya ni se reconoce en el espejo.
Perdiste la dulzura de tus palabras,
esa voz que antes acariciaba,
y que ahora solo muerde,
ruge, gime falso
con cada motel barato que pisas
como quien pisa su dignidad y no se entera.
Y sí,
me perdiste a mí.
Pero eso es lo de menos.
Yo seguiré siendo yo:
más curtida,
menos pendeja,
más astuta,
más difícil de alcanzar.
Me hice de piedra
porque tu te hiciste de plástico.
Pero tu…
¿Dónde te vas a encontrar?
¿En qué mercado de las pulgas
vendiste lo que quedaba de tu alma?
¿En qué cama sudada,
en qué motel mugroso
vas a intentar comprarte de vuelta?
Te vendiste barata, mi amor.
Un par de gritos,
unas nalgadas,
y el aplauso hueco de un tipo
que no te preguntó ni el nombre
mientras corría su esperma por tus piernas
como quien firma un contrato sin leerlo.
Ahí estabas tú,
negociando tu esencia
por un polvo efímero,
por sentirte deseada durante siete minutos
antes de volver a tu vacío
a mirar el techo
y preguntarte en qué momento
dejaste de valer la pena.
Yo,
ya no te espero.
Ya no te escribo.
Solo te miro desde lejos
como se mira a una estatua rota,
como quien quiso salvarte,
pero entendió que hay ruinas
que ya no quieren ser reconstruidas.

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