Por su amor...
te convertiste en otra.
No por mí, claro.
Por él, empezaste a tomar,
y ahora toleras el humo
que antes decías que te asfixiaba.
Todo lo que conmigo era “no puedo”,
Qué forma más elegante de mentirme.
Qué manera tan pulcra de convertirte
en la mujer que siempre me juraste que no eras.
Yo fui la que te esperó con el alma abierta
mientras tú buscabas cómo cerrarla con llave.
Fui la costura que te sostenía el desgarro.
Fui tu ensayo patético.
Tu paso en falso disfrazado de historia.
Aún así,
me toca ser quien coleccione tus fantasmas.
Pintar las paredes de mi memoria
con los gritos que no diste,
con las promesas que te tragaste
cuando te entregaste a él
como quien se lava las manos de su propia sangre.
Tu amor no vuelve.
Y no lo quiero.
Ni aunque llegue arrastrándose
con las rodillas peladas
y la boca llena de disculpas.
Porque tu amor se pudrió en mis manos.
ahora apesta.
Apesta a “lo siento” tardío,
a “no supe cómo amar”,
a cadáver de lo que fingiste sentir.
Seré coleccionista, sí,
pero no de tus fotos.
Colecciono ruinas,
las que me dejaste en la garganta,
las que aún gritan tu nombre
como un conjuro maldito.
Te odiaré.
Con todo el estilo
de una mujer que aprendió a morir despierta.
Te odiaré con los labios secos
y el alma encendida de rencor,
pero jamás volveré a amarte
como aquella imbécil que una vez
te creyó capaz de amar a alguien que no fueras tú misma.
Tu amor no vuelve.
Y si lo hace,
le cerraré la puerta
con una sonrisa helada
y un “llegaste tarde”
tatuado en la espalda.

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