debería dejar en paz a los delfines,
a los cuervos,
a las ratas de laboratorio
que resuelven laberintos con más dignidad
que tú el amor.
Que estudien, en cambio,
la estupidez humana.
Ese delirio masoquista
que nos hace creer
en la monogamia,
la lealtad,
y en bocas que prometen eternidad
mientras besan a escondidas.
Yo también fui experimento.
Tú, mi teoría.
Y él…
el resultado que siempre negaste.
Brindamos por el amor verdadero
con copas llenas de mentiras,
nos juramos sinceridad
con las manos detrás de la espalda,
cruzando los dedos,
preparando la traición.
¿Y sabes qué es lo peor?
Que yo lo creí.
Con devoción absurda,
como quien abraza una guillotina
porque la hoja brilla bonito al sol.
Ahora mírame:
una mujer deshecha,
pero lúcida.
Con cicatrices en el alma
que deletrean tu nombre.
Y tú,
feliz con tu farsa,
vendiendo el mismo amor reciclado
a el siguiente idiota
que no sabe lo que haces cuando nadie ve.
La ciencia debería estudiarte a ti.
Cómo simulas amor,
cómo disfrazas el vacío,
cómo finges ternura
con precisión quirúrgica.
Yo,
ya no creo en monogamias,
ni en almas gemelas,
ni en el amor eterno.
Creo en cenizas.
En espectros.
En mujeres que mienten mirándote a los ojos.
Así que gracias,
por ser mi evidencia.
Mi ejemplo perfecto
de cómo la sinceridad se extingue
cuando entra el deseo por la puerta de atrás.

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