Ya no quiero ser adulta.
Ya no quiero fingir que todo va bien,
ni sonreír en reuniones donde todos apestan,
ni aguantar pendejadas con voz dulce y cruzando las piernas.
No quiero responder correos con “¡Quedo atenta!”
cuando en realidad me estoy desmoronando
y quiero lanzarme por la ventana…
pero vivo en planta baja, qué hueva.
Ni siquiera quiero ser humana.
Ser humana es levantarte con ganas de llorar
y aún así plancharte el alma y el cabello
porque alguien te dijo que verte “bien” lo arregla todo.
Quiero ser una medusa.
Una jodida medusa transparente,
inexpresiva, venenosa,
con cuerpo de gelatina y alma de “me vale verga”.
Nada de corazón, nada de empatía.
No más abrazos incómodos,
ni “cuídate”, ni “estamos para lo que necesites”
mientras clavan el puñal con sonrisa corporativa.
Ser una medusa:
sin jefe, sin horario, sin obligaciones.
Solo flotar en el puto mar,
bella, letal, indescifrable.
Cuando alguien me caiga mal o sea, el 90% de la humanidad,
los electrocuto.
Sin explicaciones, sin drama,
sin escribir párrafos de WhatsApp a las 3 a. m.
¡¡¡¡ZAS !! descarga directa.
Un espasmo, una sacudida, y bye.
Que se ahoguen en su propia mediocridad,
que digan “ay qué mala vibra”
mientras yo, reina gelatinosa,
me mezo entre las olas con mirada ausente
y tentáculos listos para hacer justicia pasivo-agresiva.
Me cansé de buscar sentido.
De aguantar gente que cree que tener carro y sexo
es tener la vida resuelta.
De explicar por qué estoy cansada si "no hice nada".
¡PUES ESO! Nada. No hice nada. Y estoy exhausta.
Así que sí:
quiero ser medusa.
Venenosa, etérea, peligrosa.
Una amenaza con brillo,
una venganza sin esfuerzo.
Un “no me hables” que flota.
Y si Dios tiene un problema con eso,
que baje y me lo diga en la cara.
O mejor no,
que también lo electrocutaría.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario