No como heroína valiente,
sino como quien ya no tiene nada que perder
más que el peso de un amor podrido
en la orilla del alma.
Dejé que las olas me arrastraran,
no para flotar,
sino para ver si el mar podía
limpiar lo que tú dejaste impreso
en mis huesos.
Como si en su furia salada
pudieran perderse tus promesas huecas,
tus manos tibias de mentira,
tu nombre
ese conjuro maldito que me tenía atada
a la sombra de lo que creí que eras.
Me hundí sin resistencia,
con la absurda esperanza
de que las olas, caprichosas y salvajes,
se llevaran también el amor
que me encadenó a ti.
Ese que no suelta,
que se agarra a la piel como hiedra seca,
que sangra cuando uno lo arranca.
Pero el mar no se llevó nada.
Sólo me devolvió
una versión más rota de mí,
más vacía,
más libre.
Y eso… eso fue suficiente.

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