pero nadie explica
cuánto duele el mientras tanto.
Nadie menciona
las madrugadas sin nombre,
las oraciones que se estrellan contra el techo,
el café frío,
el silencio de Dios
que pesa más que el castigo.
Estoy al borde.
No es metáfora.
Es una orilla rota
donde mi alma cuelga como ropa mojada
secándose de tanta lágrima sin respuesta.
Sin embargo,
aquí estoy.
Respirando. Apenas.
Pero viva.
Hay algo que no entiendo:
cómo no me he rendido aún,
cómo este corazón partido
todavía late.
Será que hay una fe agrietada
pero obstinada
que no se deja morir del todo.
Quizás sanar no sea olvidar,
ni dejar de llorar.
Quizás sea
seguir caminando
aun cuando el suelo no promete nada.
Quizás Dios sí está,
pero en modo silencio,
enseñándome a escucharme,
a no depender de promesas ajenas,
sino de su fidelidad invisible.
Y aunque no vea mejora,
aunque parezca el fin,
aún con los ojos cerrados
seguiré diciendo su nombre.
Porque si este es el final,
que me encuentre
mirando al cielo,
no por resignación,
sino por si acaso,
en el último segundo,
Él me responde.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario