Se me hizo costumbre tu ausencia,
como el eco de una puerta que ya no suena,
como esa taza vacía que nadie lava,
como el lado frío de la cama
que ya no me esfuerzo en calentar.
una explosión en medio del pecho,
una punzada tan aguda que hasta respirar
me parecía una traición.
Pero luego...
el dolor no se fue.
Solo se sentó.
Cruzó las piernas.
Y comenzó a hablarme bajito cada noche,
como un viejo amigo que nunca se va,
pero tampoco consuela.
Ya no lloro por ti con escándalo,
ahora lloro en susurros,
en silencios largos que nadie nota,
en canciones que cambio al segundo verso,
porque me arrastran de regreso
a donde no quiero volver
pero siempre termino llegando.
Aprendí a vivir sin ti,
como quien vive con un diente menos:
puedo masticar, claro,
pero siempre hay algo que duele
cuando me río fuerte.
Te volviste sombra fija,
habitante del hueco que dejaste,
y aunque juro cada día
que he soltado tu nombre,
todavía me lo encuentro
en las grietas de mi voz,
en la forma torpe en que busco
una versión de ti en los demás.
Hay días en los que respiro hondo
y casi logro olvidarte,
y justo cuando lo creo,
pasa algo mínimo —una palabra, un aroma,
un maldito domingo nublado—
y entonces todo vuelve.
Todo.
Tú.
Yo.
Nosotros, que ya no somos.
Y duele.
Duele como ese primer día
en que supe que no ibas a volver,
como cuando tu adiós
no fue palabra, sino sentencia.
Y sin embargo, aquí sigo,
tomando café sin azúcar,
poniendo cara de “todo bien”
mientras me arde el alma por dentro.
Porque sí, me acostumbré a tu ausencia.
Pero jamás logré que dejara de doler
como si acabara de perderte
una vez más.

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