Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

sábado, 5 de julio de 2025

Costumbre con filo

 Se me hizo costumbre tu ausencia,

como el eco de una puerta que ya no suena,
como esa taza vacía que nadie lava,
como el lado frío de la cama
que ya no me esfuerzo en calentar.

Al principio, tu falta era un grito,
una explosión en medio del pecho,
una punzada tan aguda que hasta respirar
me parecía una traición.

Pero luego...
el dolor no se fue.
Solo se sentó.
Cruzó las piernas.
Y comenzó a hablarme bajito cada noche,
como un viejo amigo que nunca se va,
pero tampoco consuela.

Ya no lloro por ti con escándalo,
ahora lloro en susurros,
en silencios largos que nadie nota,
en canciones que cambio al segundo verso,
porque me arrastran de regreso
a donde no quiero volver
pero siempre termino llegando.

Aprendí a vivir sin ti,
como quien vive con un diente menos:
puedo masticar, claro,
pero siempre hay algo que duele
cuando me río fuerte.

Te volviste sombra fija,
habitante del hueco que dejaste,
y aunque juro cada día
que he soltado tu nombre,
todavía me lo encuentro
en las grietas de mi voz,
en la forma torpe en que busco
una versión de ti en los demás.

Hay días en los que respiro hondo
y casi logro olvidarte,
y justo cuando lo creo,
pasa algo mínimo —una palabra, un aroma,
un maldito domingo nublado—
y entonces todo vuelve.
Todo.
Tú.
Yo.
Nosotros, que ya no somos.

Y duele.
Duele como ese primer día
en que supe que no ibas a volver,
como cuando tu adiós
no fue palabra, sino sentencia.

Y sin embargo, aquí sigo,
tomando café sin azúcar,
poniendo cara de “todo bien”
mientras me arde el alma por dentro.

Porque sí, me acostumbré a tu ausencia.
Pero jamás logré que dejara de doler
como si acabara de perderte
una vez más.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...