Dormí,
pero mis ojos seguían abiertos por dentro.
Una vigilia invisible quemaba las paredes del alma,
como si mi espíritu esperara algo
que no se atrevía a nacer.
La noche no me abrazó,
me sujetó fuerte, como quien no quiere dejar ir un cuerpo que ya no siente.
En ese insomnio callado
descubrí que el alma puede gritar
sin hacer un solo ruido.
rezando oraciones rotas,
como si Dios pudiera escucharlas aún llenas de dudas.
Le dije que no entendía,
que si esto era fe, entonces ¿Dónde estaba su alivio?
La almohada no era suave,
era un campo de batalla
donde cada lágrima caía como soldado sin regreso.
Soñé,
pero mis sueños estaban vacíos de cuerpo,
como si ya no habitara esta carne mía.
Y cuando llegó la mañana,
mis ojos se abrieron,
pero mi cuerpo no estaba.
Solo una sombra.
Una silueta rota caminando entre la rutina,
ausente de sí,
presente solo en lo necesario.
Mi alma iba por delante,
como si estuviera cansada de esperarme.
Ella ya no dormía.
Se arrodillaba en cada esquina del día
y me suplicaba volver a sentir.
He despertado muchas veces desde entonces,
pero no en mi piel.
Desperté en los recuerdos,
en los gritos ahogados de las madrugadas,
en los "te extraño" que nadie escucha
porque fueron lanzados al viento con vergüenza.
Y aun así,
cada noche me acuesto como quien se despide.
Como si no supiera si volveré al día siguiente entera.
Tal vez un poco menos,
tal vez con otra cicatriz invisible,
pero siempre despierta por dentro,
aunque por fuera todo me duela.

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